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Sheila Hicks: “Estoy viviendo un poema que empezó en 1957 y nunca terminó”

Sheila Hicks sonríe al encontrar, intactos en sus recuerdos, los nombres de las calles de Santiago, los paseos por el Parque Forestal y la profunda dignidad humana que conoció aquí, en Sudamérica, hace ya seis décadas.

En 1957, a los 23 años, una joven Sheila dejó su Estados Unidos natal para emprender un viaje increíble, guiándose por la Cordillera de los Andes desde Venezuela hasta Tierra del Fuego. Entonces pintora, fue en Ecuador, Perú, Bolivia y Chile donde descubrió los textiles, cuya inteligencia y simpleza la impactaron a tal punto que cambiaron su vida, y obra, para siempre.

Desde ese entonces, los textiles de Sheila Hicks han sido expuestos en los museos y galerías más importantes del mundo. A días de cumplir 85 años, ella continúa trabajando todos los días en su atelier, mezclando distintos materiales sólo por placer, el placer de descubrir.

“Todos mis trabajos son un juego enorme”, explica la artista, rodeada de plantas, colores y tejidos una tarde calurosa en París. Su más reciente juego es la exposición Reencuentro, curada por la investigadora chilena Carolina Arévalo, que será exhibida hasta enero 2020 en el Museo Chileno de Arte Precolombino.

Tu primera impresión de Santiago en 1957 fue la de una ciudad gris y concurrida, en comparación con las hermosas villas y sitios que habías conocido previamente en tu viaje descendiendo por los Andes. ¿Cuáles son tus recuerdos de la ciudad y tus expectativas sobre este reencuentro?

Estás preguntándome sobre cosas que pasaron en 1957. Imagínate. Tengo que tratar de recordar lo que pensé Sheila hace una pausa, silenciosamente, por unos segundos y continúa–. Calle Huérfanos. Eso me espantó. La oficina donde tuve que ir a avisar que había llegado a Chile quedaba en calle Huérfanos. En esa calle recibí mi correo durante cinco meses y era chocante para mí, no era muy poética, era un poquito triste. ¡Huérfanos! Imagínate. Después viví en calle Merced, cerca del Parque Forestal. Eso fue mucho más alegre. Mejor que Huérfanos, ¿no? – ríe –. Saliendo de esta casita en Merced estaba el Parque Forestal, que fue para mí un jardín espectacular, muy bonito. ¿Sigue bonito, la gente sigue frecuentándolo? ¿Sigue abierto o le pusieron un muro alrededor?

Sigue bonito, abierto y muy frecuentado. 

Me parece fantástico. En calle Merced tuve un pequeño balcón con una ventana muy grande. Abría la ventana y tenía el Parque Forestal como jardín. Poder tener el parque justo frente a mi puerta fue increíble. Entonces, mi impresión de Santiago fue mejorando cada día.

¿Cómo fueron esos primeros días en Santiago?

Al comienzo no tenía muebles. Fui a una tienda que estaba liquidando todo su stock y pedí que me vendieran una cama. Por un tiempo, eso era lo único que tenía. Después fui a La Vega y compré dos sillas de mimbre, porque eran muy ligeras y podía caminar con ellas. Anduve unas veinte cuadras, podía sentarme en la calle, descansar y seguir caminando con mis dos sillas. Creo que también compré una mesa de mimbre. Como no tenía nada para colocar en los muros, saqué todos mis vestidos y mis blusas y las colgué, hice una composición muy linda. Así me sentí acompañada, no tan sola, viviendo con mis pocos muebles, pero esenciales, con mis vestidos colgando del muro, que me hicieron de compañeros, y con el Parque Forestal en frente.

¿Estás emocionada de volver a tus antiguos barrios, volver a ver el Parque Forestal?

Muy emocionada. Cuando llegué Santiago en septiembre de 1957 era primavera. Caminé por el Parque Forestal con el paisajista alemán Oscar Prager, quien lo diseñó. Recuerdo muchas plantas diversas. Poco a poco conocí no solamente Santiago Centro, también Providencia, un poquito de todos los alrededores. Había muchos jardines bonitos. Después me fui en moto hasta Valparaíso con un arquitecto de mi edad, muy joven, de unos 25 años, que me invitó a conocer el paisaje. Imagina la impresión que tengo de Chile viajando así. Recorrí toda la costa, fui a La Ligua, fui hasta Isla Navarino, ¿sabes dónde está? En el extremo Sur. Fui allá en un pequeño barco, también viajé en avioneta con un grupo de cartógrafos que estaban haciendo mapas de la región. Fue muy lindo. Viajé con el fotógrafo Sergio Larraín. Su padre es el fundador del Museo Precolombino, donde voy a exponer, pero en esa época, cuando yo estuve allá, era el decano de Arquitectura de la Universidad Católica. Él me recibió cuando llegué.

Como dices, el Museo Chileno de Arte Precolombino fue fundado por Sergio Larraín García-Moreno, padre de Sergio Larraín Echenique, ambos personas importantes en tu primer viaje a Chile. ¿Qué significa para ti reunirte con esta parte de tu historia?

Me siento encantada de poder traer a mis nietas. Ellas, por primera vez, van a conocer el país de su abuelo. Es muy fuerte la emoción. Ellas conocen el folclor y a algunos chilenos que llegan a París, pero no conocen Chile. Quiero que circulen, que viajen, que vayan a  Chiloé, Temuco, Valdivia.  Estoy yendo detrás de mis recuerdos, de mi memoria, mi historia, a través de ellas que son más jóvenes.

La exposición Reencuentro te hará regresar a Chile después de cincuenta años. ¿Por qué accediste a hacerla y por qué ahora?

Porque yo bailo cuando estoy invitada a bailar. Hubo chilenos que me invitaron a regresar a Chile a hacer algo y yo encantada. Tuve la suerte de reunirme con Carlos Aldunate, director del Museo Chileno de Arte Precolombino, que estaba en París de visita. Él conocía la exposición que hice hace dos años en el Museo de Puebla en México, vino a mi atelier y me dijo ¿por qué no en Chile? Y sí, por qué no.

Algunas de las piezas que creaste durante tu estadía en Chile, y que se exhibirán en Reencuentro, fueron llamadas como localidades del país (Zapallar Domingo, Chiloe-Chonchi, Parque Forestal y Tacna Arica). ¿Cómo los paisajes y la arquitectura inspiraron tu práctica creativa?

En Chile no fue la arquitectura la que me inspiró tanto como los pueblos, los paisajes y las personas. La manera en que la gente vivía, improvisando la vida en el campo. Eso me encantó. Ver cómo trabajaban manualmente, produciendo sus casas, sus muebles, sus vestidos, su comida, pescando. Me impresionó mucho ver cómo la gente era independiente en el sentido de que sabía cómo construir una vida. En ciudades como París, Nueva York o Chicago la gente no sabe vivir sin supermercado, sin todo eso que se separa de las cosas mínimas, esenciales y poéticas de la vida. Cuando viví en Chile, me encantó ver cómo la gente improvisaba todos los días y las noches. Eso es fantástico porque allí hay una expresión individual, no hay repetición, cada uno es un individuo con una personalidad, preferencias, ideales y habilidades de creación.

Estas personas o esta manera de hacer que conociste en Chile, ¿continúan inspirándote? 

Sí. Ellos me dieron estándares. Cuando era joven, mi manera de juzgar era un poquito ingenua. La gente que conocí me ayudó a establecer mis niveles de cultura y la orientación de mi apreciación. Eso, una vez que está establecido en tu percepción de la vida, te sigue para siempre. Yo vivo en París, pero las bases de mi estructura cultural son de mi escuela de cuando era joven y de todos los viajes que hice, impresionándome y descubriendo el mundo con guías de muy buen nivel. Esa fue mi suerte, encontrar en Chile personas que me ayudaron a formar mi estructura cultural hasta hoy.

En tu viaje por América del Sur, ¿cuál fue tu principal aprendizaje sobre ti misma y tu forma de entender el arte?

Para comenzar, yo no sabía lo que era el arte. No lo conocía, tenía una preconcepción. Y cuando estás viajado sola no estás buscando arte, no estás en una aventura del arte. Estás en la aventura de sobrevivir. El lujo de pensar en el arte era imposible, mis preocupaciones eran dónde voy a dormir, dónde voy a comer y cómo voy a protegerme. En esta época yo no hablaba casi nada de castellano, aprendí más tarde, cuando tenía más seguridad. Estaba demasiado asustada para estar pensando en el arte. Cuando estuve en la Universidad, en la Escuela de Arte estudiamos todas las culturas históricas del Oriente, de África, europeas, y no sé por qué la cultura precolombina es la que me atrajo más. La gente, las cosas que hicieron, los tejidos que eran tan simples y tan complicados a la vez, representaron un tipo de dignidad que admiro. Hay una profunda calidad humana en la población del altiplano. Esa fue mi impresión cuando estuve en Ecuador, Perú, Bolivia y Chile. El altiplano es un lugar silencioso y espiritual que me atrajo mucho, con una dignidad como se ve raramente, un tipo de silencio muy profundo. Hay gente que habla todo el tiempo y no dice nada. Hay gente que habla muy poco pero que tú sientes que tiene mucho para decir.

¿Cómo fue tu relación con las comunidades indígenas que conociste en Sudamérica? ¿Cómo los contactaste, cómo se comunicaban?

Tuve la suerte de estar interesada en los textiles, que son una lengua internacional. No tienes que decir ninguna palabra, tú te sientas al lado de una tejedora y hablas sin abrir la boca. Así, sentada, después de quince minutos seguidos, puedes percibir el nivel de inteligencia y comenzar a comunicarte con los ojos, las manos, el corazón.

En algún momento sentías que los textiles eran injustamente considerados un arte menor, o ni siquiera pertenecientes al mundo del arte. ¿Crees que esa percepción se mantiene o de alguna forma se ha logrado entender que el textil sí es una forma de arte?

Es evidente que la batalla está ganada. ¡Pero no es mi culpa! – ríe, una vez más, Sheila Hicks–. Hay mucha  gente que comparte mis sentimientos de manera silenciosa. No estamos gritando y pidiendo ser aceptadas como artistas, estamos sentadas tranquilamente, haciendo, e inevitablemente los otros están descubriendo la infinidad de hablar con líneas de color y textura. Cuando empiezo a construir con una línea, como un hilo, y comienzo la aventura de mover esta línea en el espacio, en tres dimensiones, imagina dónde se puede ir. Se puede ir muy lejos. Estoy viviendo el poema de descubrir los hilos en el altiplano, un poema que empezó en 1957 y nunca terminó, un sueño de día y noche que continúa.

 ¿Sigues produciendo cosas nuevas todo el tiempo, pensando en alguna exposición?

Ahora mismo estamos trabajando cuatro personas aquí en mi taller, todos los días de las nueve de la mañana a las seis de la tarde. Lo hago pensando en lo que me da placer. Tengo ganas de saber qué va a pasar si mezclo esto y esto. Descubrir, jugar. Todos mis trabajos son un juego enorme.

¿Qué significa para ti poder mostrar este quehacer a públicos masivos alrededor del mundo?
Lo que más me gusta es descubrir las reacciones de personas de diferentes edades. Cuando niños de tres años entran a mis exposiciones, me encanta seguirlos y descubrir cómo descubren. Es un milagro ver cómo miran, verlos impactados sin divisiones, sin proceso intelectual, sin la necesidad de explicar o justificar. Me encanta poner mis textiles en un mercado, o en el Parque Forestal, y dejar a gente de todas las edades descubrirlos. No importan los orígenes nacionales o geográficos, los humanos son humanos, tienen ojos, dedos, sentimientos, atracciones y repulsiones. Eso es muy básico, y como yo hago cosas tan básicas, siempre hay algo para descubrir. En mis exposiciones, la gente no entra y dice qué es esto, no entiendo, algo que en el arte contemporáneo es muy común. En mis exposiciones la gente ni pregunta, solo entra y dice: oh là là!

Entrevista por Oriana Miranda
Foto por Cristóbal Zañartu