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Pilar Alliende, jefa del área de Colecciones: “El trabajo más lindo del mundo está a 13 metros bajo tierra”

Pilar Alliende pasó toda su adolescencia en Salta, al noroeste de Argentina. El constante contacto con los pueblos originarios de la zona y la fuerte influencia de sus padres y su abuelo la llevaron a estudiar arqueología en la única escuela que impartía la carrera en Chile a mediados de los setenta. Hoy es la jefa del área de Colecciones del Museo Precolombino, equipo que custodia y conserva diez mil piezas arqueológicas provenientes de más de cincuenta culturas de América.

¿Por qué decidiste estudiar arqueología? 

En realidad, yo quería estudiar antropología. Cuando era adolescente vivía en el norte de Argentina, en Salta, y estaba muy en contacto con sitios arqueológicos, con paisajes de desierto y con familias collas, que eran mis amigas. Tenía muchas ganas de estudiar algo que me permitiera estar más en contacto con ellos, conocerlos más y entender más su pensamiento, porque me daba cuenta de que era una cultura ancestral y finísima, con un trato muy delicado. Me emocionaba bastante su actitud frente a la vida, el pasado y cómo enfrentaban el presente. Tenía 14 años y un grupo de tres amigas y todas queríamos estudiar antropología. Ellas entraron a estudiar en Argentina y yo trasladé todos mis estudios hacia Chile y el año 76 entré a la única escuela de Antropología y Arqueología que había, en la Universidad de Chile. En la carrera tenías dos años comunes y ahí me di cuenta de que me gustaba más la arqueología, así que luego entré a esa especialidad. Además, yo fui muy influenciada por un abuelo médico con el que pasábamos las vacaciones de verano. Él nos enseñaba de botánica, de insectos, de piedras, tenía su propio museíto de cositas que recogía para enseñarles a los nietos. En mi familia somos muchos hermanos y hay biólogos, agrónomos y médicos. Él fue una gran influencia en nosotros y mis padres también, porque nos llevaban mucho al museo y a sitios arqueológicos, salíamos mucho de camping y nos fomentaban el contacto con gente que tenía otra visión de la vida y de las cosas.

¿Qué fue lo que te gustó más de la arqueología?

Me gustaban mucho los terrenos, la excavación, el paisaje. Empecé a ir al norte desde primer año de la universidad, con harto esfuerzo porque nosotros mismos nos teníamos que pagar los viajes. Nos sumábamos a los trabajos de los profesores que también tenían proyectos casi sin financiamiento, en ese tiempo no existía Fondecyt ni nada de eso. Además, era una época en la que era muy difícil hacer terreno, porque estaba todo muy intervenido. Casi toda la arqueología sucedía más hacia el norte y en esas situaciones era complicado. Entonces, si los profesores te aceptaban como voluntario, tú los acompañabas a sus terrenos. Desde primer año estuve yendo al norte, estuve en Chiu Chiu con un grupo del curso y después en el Museo de Azapa en Arica.

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Pilar Alliende en el Laboratorio de Conservación y Restauración. Foto: Julián Ortiz.

¿Cómo llegaste al Museo Precolombino?

Hice mi tesis el año 81, cuando el museo se estaba armando. Conocía todo el proyecto a través de Victoria Castro, mi profesora guía, porque Carlos Aldunate formaba parte de su grupo de investigaciones, pero tenía mi propia agenda de terminar mi tesis e irme a Canadá. Cuando volví de ese viaje, me acerqué y pregunté si habría alguna posibilidad de trabajar en el museo. Me dijeron que ya estaba armado el equipo, pero que podía colaborar como voluntaria. Empecé a venir al Laboratorio de Conservación y Restauración y pude asistir a todos los cursos que se hicieron al comienzo, que eran muy interesantes. Trabajaba también asistiendo el desarrollo de las exposiciones temporales, apoyando tanto a Pepe (Berenguer) como al museógrafo. Además, podía mostrar el museo en inglés cuando se necesitaba, creo que eso también fue un apoyo para Carlos. Me empecé a familiarizar con todas las áreas, pero estaba situada en el Laboratorio y de ahí ayudaba en lo que se necesitaba. De voluntaria estuve muy poquito, no más de dos meses, y después ya me empezaron a pagar honorarios.

Desde ahí, ¿cómo pasaste a ser la jefa del área de Colecciones?

Continué trabajando en este sistema mixto, ayudando a José (Berenguer) en las exposiciones y en las distintas actividades del Museo, y luego postulé a una beca del British Council y me fui a hacer un diplomado en Arqueología y Botánica al Instituto de Arqueología en Londres. Estuve un año estudiando y después ellos me conectaron con el Museo de Londres, donde llegué a hacer una pasantía. Allí tenían una gran experiencia en trabajos de terreno y grandes cantidades de material para trabajar y muestrear. Toda la gente tenía doctorados y estaba escribiendo papers, pero tenían un caos de materiales, un problema tremendo para encontrar lo que necesitaban. Entonces, más que irme a trabajar a terreno, decidí tenía que ordenar el laboratorio. Me dediqué a organizar, despejar y limpiar las muestras, para que ellos pudieran seguir con sus investigaciones, y me dijeron que me necesitaban. Entonces, ese voluntariado también duró muy poco. Me contrataron rápidamente e hicieron un cargo para mí, porque ellos tenían que hacer una cantidad de papers al año y necesitaban a alguien que les preparara las muestras y les pudiera hacer un escrito resumiendo las probabilidades de encontrar materiales en cada una de ellas. Eso terminó siendo un espacio de trabajo bien interesante, porque me permitía recorrer mucho la ciudad de Londres y también trabajar con voluntarios que me ayudaban a limpiar, sacar la tierra, sortear las semillas y procesar las muestras. Estuve trabajando en el departamento de Arqueología Ambiental durante tres años.

¿Y cómo fue cuando volviste?

Tenía 33 años y me había casado en Londres con un arquitecto chileno. A él lo invitaron a hacer clases en la Universidad Católica por un año y organizamos todo para venir a Chile. Yo conté en el Museo que venía, a ver si había algo en que podía ayudar. Cuando llegué, Carlos me dijo que quería que me hiciera cargo de las colecciones. Le expliqué que venía por un año, que era una locura y que me había especializado en otra cosa, pero me dijo que no sabía de otra persona que estuviera preparada para poder entender de colecciones, de conservación, de restauración. Esto era el año 89, todavía no había estos estudios formales. Le dije que yo feliz, pero que iba a ser por un año. “Ahí vemos”, me dijo. Han pasado casi 30 años desde ese momento. Me hice cargo de las colecciones justo cuando el museo estaba evaluando la posibilidad de digitalizar su colección. Junto con mi cargo, se iba a crear uno de alguien específico para encargarse del registro, que hasta ese momento se llevaba manualmente. El museo partió con mil piezas que se ingresaron y estaban fichadas, todo muy organizado, pero después el sistema de registro era bastante aleatorio, dependía de quién conocía más el material quién hacía la ficha. Teníamos que tener una persona a cargo de eso y se le pidió a Varinia (Varela) que formara parte del equipo. Junto a ella empezamos a armar el registro digital de la colección.

En el contexto del aniversario 36 del Museo, Pilar Alliende realiza una visita guiada al Laboratorio. Foto: Julián Ortiz.

En el contexto del aniversario 36 del Museo, en diciembre de 2017, Pilar Alliende realiza una visita guiada a los depósitos. Foto: Julián Ortiz.

¿Tu abuelo alcanzó a saber de tu trabajo en Londres y en el Museo Precolombino?

Sí. Mi abuelo murió en la década de los 90 y conoció el museo, vino alguna vez conmigo a ver las exposiciones. Tenía claro que sus nietas mayores siguieron bastante la línea que él nos inculcó desde chiquititas.

¿Cuáles han sido los proyectos o desafíos más emblemáticos que has tenido que liderar como jefa del área de Colecciones?

Los desafíos más grandes han sido enfrentar incendios, inundaciones, robos y terremotos, abordar el tema con tranquilidad y con una visión de tiempo, pensando en cómo solucionar la situación de la mejor manera, reducir el daño e implementar mecanismos para disminuir los riesgos. Cuando ocurrió el robo de un collar pudimos implementar un sistema en el que nos hicimos más responsables de la revisión: por ejemplo, la inspección visual diaria del museo es algo que implementó el equipo de Colecciones. Después de haber trabajado en Londres por tres años, haber conocido los departamentos y cómo se relacionaban entre ellos, pude ver las potencialidades que teníamos en nuestro museo por ser más pequeño, un museo en el que todos nos conocíamos y teníamos una relación bastante cercana y colaborativa. Había algo bien precioso, fomentado por el director. Cuidar eso era un desafío, porque era un valor y cuando lo ves de afuera lo valoras aún más. Otra de las cosas que logré valorar mucho al volver fue que, si yo echaba algo de menos, era la belleza de la colección, el contacto que uno tiene con las piezas cuando se da vueltas por las salas. Las piezas de esta colección tienen una conexión entre ellas, tienen un hilo conductor estético, hay algo muy fuerte que está presente. Hay algo en ellas que te cautiva. Hay piezas con las que uno crea ciertos afectos, uno siente que las piezas tienen alma y por eso mismo desde el comienzo fuimos desarrollando un sistema de almacenaje que fuera más apropiado para protegerlas.

¿Cuál es la pieza del museo que más te gusta?

La pieza a la que le tengo un apego grande es la máscara Tafí, porque es del noroeste argentino. Estéticamente, me produce mucha emoción su simpleza, los pocos gestos para lograr tanta expresión. La pieza que más me emociona es la embarazada Valdivia, pero por algo más personal: ver concentrado el dolor del parto en esa expresión de la cara, que te está hablando de una mujer a punto de parir. Esa es una experiencia que yo no he vivido y que me emociona, porque yo tengo hijos. Siempre pienso en eso frente a las madres biológicas de mis hijos, que tan generosamente se cuidaron nueve meses para dar estos hijos maravillosos que yo tengo. Esa pieza siempre me impresiona, incluso desde antes de ser madre.

A la izquierda, la máscara de piedra (Tafí). A la derecha, la mujer embarazada (Valdivia). Ambas piezas pertenecen a la exposición América Precolombina en el Arte del Museo Precolombino. Fotos: Oriana Miranda.

A la izquierda, la máscara de piedra (Tafí). A la derecha, la mujer embarazada (Valdivia). Ambas piezas pertenecen a la exposición América Precolombina en el Arte del Museo Precolombino. Fotos: Oriana Miranda.

¿Qué es lo que te hace más feliz de tu trabajo?

A mí me gusta mucho venir a mi trabajo. Me gusta el ambiente del museo y la gente que trabaja aquí. Todos se enamoran del espacio, de las piezas, de los temas que se trabajan acá, se produce algo súper especial y me encanta. Me gusta mucho el traslado desde mi hogar al museo, porque siento que soy súper privilegiada de venir a algo que me encanta y donde todos los temas que se trabajan en el día son entretenidos e interesantes. Cuando vengo en el metro siempre trato de imaginar lo que va a hacer cada uno y pienso que algunos deben hacer cosas bien entretenidas, pero en general, dudo que tan entretenidas como las mías (ríe). Me gusta toda la composición del trabajo que se desarrolla en el museo. Nuestro equipo trabaja con las colecciones, por lo tanto, con la riqueza, con el tesoro. Es un trabajo que requiere tiempo, reflexión, no tomar decisiones apuradas, hay que pensar y dar vueltas antes de intervenir o actuar cuando se trata de una pieza, conocer de su historia. Es un trabajo más en silencio, un poco más retirado. La situación que tenemos aquí abajo en el Laboratorio también me gusta mucho, porque estamos mucho más en contacto, comunicados visualmente, y tenemos la obligación de conectarnos con el público a través del ascensor. Estamos por debajo de una sala y nos conectamos con el público vía escaleras o ascensor. Eso también lo hace entretenido porque es otro mundo, otra visión, otro estilo, otra mirada, otras preguntas. El trabajo más lindo del mundo está a 13 metros bajo tierra.

¿Qué significa decir que el Museo Precolombino es el corazón de América?

Queremos presentar al museo como un conector de raíces, que es un poco lo que siempre hemos querido. Al hablar del corazón estamos apelando a los sentimientos, porque queremos que la gente haga suyo este museo. Un museo que se mueve como tal, que no es una cosa fija, que tiene vida y que tiene corazón, es un museo que siempre está dando opciones de cosas nuevas y distintas. Las personas deben sentir que el Precolombino es un museo del siempre hay que estar atento.

 ¿Qué esperas para el futuro del museo?

Me gustaría mucho que el museo se pudiera expandir por el barrio, que hubiese tiendas y librerías relacionadas, que se den películas de arte, que los cafés estén relacionados con los temas del museo, que los restoranes rápidos sean de comidas que tengan alguna conexión con nuestras raíces. Poder posicionar un barrio de arte, patrimonio y culturas americanas, salir del Portal y que el museo vaya llegando hasta la Plaza de Armas. Ese es mi sueño hacia el futuro, que el museo vaya consolidándose con todo su plan de exposiciones temporales y armando temas que vayan hablándole a los ciudadanos.

Entrevista: Oriana Miranda

Foto: Julián Ortiz