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La memoria del Museo Precolombino durante la dictadura

La memoria no se oculta, no se ignora, es imposible de borrar. Un martes 11 de septiembre hace exactos 45 años, militares bombardearon La Moneda dando inicio a una violenta dictadura que se extendería por casi dos décadas.

Los museos tienen un rol social que cumplir. En ese sentido, recordamos los testimonios publicados en el libro Compartiendo Memoria: 30 años del Museo Chileno de Arte Precolombino (2011), institución cuya historia se inicia y transcurre durante la última década de la dictadura.

En 1979, el arquitecto Sergio Larraín contactó al abogado y arqueólogo Carlos Aldunate para invitarlo a participar del proyecto del Museo Chileno de Arte Precolombino: una maravillosa colección de mil piezas americanas que no tenía dónde ser exhibida. Patricio Mekis, en ese entonces alcalde designado de Santiago, decidió que la colección iría al antiguo edificio de los Tribunales, consiguiendo en tiempo récord que el Poder Judicial traspasara el inmueble a la Municipalidad.

“Esto en democracia no se hubiese podido hacer por nada del mundo. Si hoy día se le ocurriera al gobierno quitarle una propiedad al Poder Judicial, olvídate, no se puede, son poderes del Estado distintos”, explica Carlos Aldunate, director del Museo desde su fundación en 1981 hasta hoy.

Durante muchos años, el Museo cargó equivocadamente con el estigma de ser afín a la dictadura, cuando en la realidad su equipo quiso un faro de luz en medio del apagón cultural. “Esto nos permitía pasar desapercibidos, entregar un mensaje latinoamericanista en todas nuestras exposiciones y nunca ser censurados”, recuerda el arqueólogo José Berenguer, actual curador jefe del Precolombino.

Augusto Pinochet nunca visitó el Museo. Sí lo hicieron generales de las Fuerzas Armadas y autoridades designadas de la época, confluyendo con trabajadores del museo y sus familias, en su gran mayoría opositores a la dictadura. “Afuera se recogían dos opiniones. Una, que Carlos Aldunate tenía puros comunistas metidos en el Museo. La otra, que era el Museo de la oligarquía chilena”, recuerda Varinia Varela, encargada del registro de colecciones.

“Al final, no nos quedó otra cosa que socializar. Carlos, como director, tuvo que lidiar con esto, porque el 90% de la gente que trabajaba en este Museo estaba en contra de la dictadura. Cuando venía el alcalde designado Carlos Bombal, por ejemplo, yo creo que él sabía perfectamente quienes estábamos acá. Pero había un respeto, sabía que éramos gente de Carlos Aldunate, gente de confianza. Así, las inauguraciones fueron generando a lo largo de la década un espacio de confluencia poco usual en el crispado clima político que vivía el país en esos momentos”, afirma la arqueóloga y curadora Carole Sinclaire.

Con universidades intervenidas, carreras cerradas y clases minuciosamente vigiladas, el Museo se convirtió en uno de los pocos lugares realmente libres para la investigación en arqueología, antropología, arte e historia. “Por eso venía tanta gente, estudiantes, muchos investigadores jóvenes. En cambio en la universidad, uno estaba conversando y cuando alguien se acercaba, había que cambiar de tema. O cuando hacía clases, en algún momento me abrían la puerta y se quedaban ahí, para controlar lo que estaba diciendo. Lo hacían siempre a la misma hora, así que luego les abría la puerta yo antes de que entraran ellos. En 1982, me exoneraron. Ese era el ambiente en esos tiempos”, afirma José Berenguer. “En los ochenta el Museo era una especie de oasis donde se podía pensar libremente, un lugar de mucha democracia, de mucha libertad de ideas”, agrega Luis Cornejo, quien fuera curador e investigador del Museo entre 1984 y 2013.

“La selección de personal, aquí, se decidió a través de la competencia, del profesionalismo, sin tener nada que ver la cosa política, algo que era raro en ese entonces. Había temor, no se podía contratar a cualquier persona porque podía estar fichada”, señala Carlos Aldunate.

– ¿Y cómo me contrataste a mí?-, pregunta de inmediato José Berenguer. Ambos ríen y revisan juntos la carta de 1979 en que Carlos invita a José a formar parte del equipo del Museo.

museo y memoria

En 1986, el juez Carlos Cerda pidió al equipo de arqueólogos del Museo Precolombino participar de excavaciones en Cuesta Barriga, donde se sospechaba que unos diez años antes había sido ejecutado un grupo de opositores a la dictadura.

“La verdad es que era meterse en la boca del lobo. Yo había seguido el caso a través de la revista Hoy y sabía que detrás de esos asesinatos estaba el Comando Conjunto, unas de las más despiadadas organizaciones represivas que operaron en los primeros años de la dictadura”, recuerda José Berenguer. Junto a Luis Cornejo, y sin decirle nada a nadie, al día siguiente, el 15 de marzo de 1986, llegaron al lugar. “La reacción nuestra fue que era imposible restarse a un deber como ese. Claro, nos causaba preocupación. Estábamos en una época en que la gente todavía era asesinada, desaparecida, por ser una molestia para el régimen militar, pero ninguno dudó mucho en involucrarse”, afirma Luis Cornejo.

Los amedrentamientos comenzaron casi de inmediato. “Al bajarnos del auto paso una camioneta tomándonos fotos y durante toda la visita estuvimos vigilados por dos vehículos estacionados en una cota más alta de la ladera del cerro. Le pedimos al magistrado resguardo policial de Carabineros durante todo nuestro trabajo, aunque no podíamos evitar la impresión de que estábamos pidiéndole dejar al gato al cuidado de la carnicería”, relata José.

Durante las semanas siguientes, los arqueólogos excavaron en todos los puntos indicados por el juez, sin resultado alguno. José Berenguer estaba frustrado. “Un día salí a recorrer el área. Me dirigí a una pequeña bóveda que había divisado entre la espesa vegetación que caracteriza al lugar. Afuera, encontré un cartucho metálico vacío, luego otro y otro, en total media docena de casquillos. Me introduje en el interior y con mi brocha comencé a limpiar la tierra suelta de la superficie. Primero dimos con los huesos de una mano casi completos. Estaban incrustados en una capa de barro seco y endurecido. Luego encontramos otros fragmentos de huesos humanos, dientes, una placa dental, pedazos de parka, trozos de un pantalón y balas de grueso calibre, algunas de ellas deformadas por el impacto. Tengo un detenido desaparecido en mi familia, así que mientras trabajaba no podía dejar de pensar que, quizás, estábamos dando con él”, rememora.

Los análisis arqueológicos, biológicos y forenses develaron restos incompletos de al menos tres adultos, dos de ellos de sexo masculino. Las víctimas habían sido introducidas vivas en la bóveda y obligadas a recostarse sobre barro fresco. En seguida, les habían disparado desde el exterior. El hecho había ocurrido durante la época húmeda del año, cuando se filtra agua del cerro dentro de la construcción. En un momento posterior, cuando los restos humanos habían adquirido el carácter de osamentas, habían venido a retirarlos.

El arqueólogo Iván Cáceres fue invitado por el equipo del Museo a participar de las excavaciones. “Con la mínima información que recuperamos se pudo identificar a Juan René Orellana Catalán, una víctima del Comando Conjunto. Lo habíamos hecho bien, pero dábamos una mala noticia a la familia: ese detenido desaparecido estaba muerto”, cuenta.

“Recuerdo esa situación con mucho orgullo, porque nos comprometimos como personas y también como institución frente a esos hechos. Porque no ocultamos que pertenecíamos a una institución privada, no escondimos que éramos personal del Museo. Y creo que era lo que correspondía hacer. Pienso que fue reconocido también por el juez que llevaba el caso. Fue un aporte importante, que, además, nos enalteció a nosotros mismos y género respeto de los demás”, finaliza Carole Sinclaire.

Lo que vino después fue decepcionante. El juez Carlos Cerda fue sancionado por la Corte Suprema por llegar “demasiado lejos” en su investigación y el caso fue rápidamente cerrado. El sitio fue dinamitado y del informe final y los restos encontrados nunca se supo.

“¿Hasta qué punto los hechos de la contingencia han influido en la elección de un tema o un nombre para una exposición?”, preguntaba José Berenguer. “Me parece demasiada coincidencia que los años ochenta concluyeran en nuestro Museo con la exposición Moche: Señores de la muerte, justo cuando terminaba el régimen militar”, se responde.

“No es una coincidencia haber hecho esa exposición justo en el año en que se acaba la dictadura, con todo lo que eso significaba para muchos chilenos. La reflexión que estábamos haciendo en ese momento era cómo el Estado es capaz de controlar a la población a través de la noción de la muerte, que era algo que estábamos viviendo a diario”, explica Luis Cornejo.

45 años han pasado y no olvidamos un sólo día ni a una sola víctima. El poder de la memoria, el ejercicio de traerla al presente, es fundamental para que los horrores del pasado nunca más se repitan.

 

Texto por Oriana Miranda y Paulina Roblero