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30 años del triunfo del NO: El 5 de octubre de 1988 en retrospectiva

El Museo Precolombino está a punto de cumplir 37 años de historia, con 37 trabajadores de generaciones muy diversas. Algunos de ellos eran parte del equipo cuando en Chile se gestaba el retorno a la democracia a través de un Plebiscito y otros nacieron ya con Patricio Aylwin como presidente electo. Distintas vidas en distintos periodos. El valor de la memoria nos lleva a conversar con los curadores del Museo para conocer sus reflexiones y recuerdos sobre una jornada que cambió la historia.

José Berenguer, curador jefe del Museo Precolombino: “Con el poder de nuestro voto nos sentíamos parte de una fuerza superior”

El NO es un evento, porque ocurre un día bien determinado, pero es también un proceso, porque se construye a lo largo de varios años, al menos partir de mayo de 1983, cuando se produce la primera protesta nacional contra la dictadura.

En una de las protestas, aquella en que el Ministro del Interior, Onofre Jarpa, hizo salir a 18 mil soldados a la calle, perdí a un tío muy querido. Se asomó a la puerta de su casa y recibió un tiro con un arma de guerra. Por eso y por muchas cosas más, el NO crecía entre los chilenos, aunque para ese entonces todavía no se había convocado al Plebiscito.

En una de las grandes concentraciones que la oposición realizó en el Parque O’Higgins, poco antes del Plebiscito de 1988, de repente vi pasar entre la muchedumbre a un funcionario del Museo. Bah, también está contra Pinochet, qué bueno saberlo, pensé. Después vi pasar a otro y a otro, entre ellos, a algunos de los cinco compañeros de trabajo a los que luego convencí de ir a inscribirse en los registros electorales.

Siempre para esta fecha me acuerdo del llamado que hizo la oposición días antes del Plebiscito a hacer una cadena humana a lo largo de la circunvalación Américo Vespucio. Acudí al llamado con toda mi familia. Nos pusimos en avenida Ossa, me parece que entre Echeñique y Simón Bolívar. Cuando veo la foto que saqué, no puedo dejar de pensar que, mientras en 1973 nos sentábamos a la mesa divididos por nuestras posiciones frente al proceso político, quince años más tarde estábamos todos unidos como anónimos eslabones de una larga cadena de chilenos que le decía NO al dictador.

La familia del arqueólogo José Berenguer en una cadena humana convocada por la oposición a lo largo de la avenida Américo Vespucio, días antes del Plebiscito.

La familia del arqueólogo José Berenguer en una cadena humana convocada por la oposición a lo largo de la avenida Américo Vespucio, días antes del Plebiscito.

Ese día me levanté temprano para ir a votar. Ya le había dicho NO a la dictadura en la consulta que hizo en 1978 para legitimar la que sería la nueva Constitución de 1980, pero esta vez vivíamos toda una épica. Con el poder de nuestro voto nos sentíamos parte de una fuerza superior a la del tirano. Nuestra franja era además claramente la de los buenos: festiva, colorida e inteligente. El día anterior al plebiscito fui padre por tercera vez y el nombre que escogimos para la retoña tenía que ver con la lucha pacífica por la libertad que representaba votar NO. Aquella noche dormí solo en la casa, aunque dormir es un decir porque me mantuve en vela hasta que el gobierno soltó los resultados finales y reconoció su derrota. Igual no pude dormir, ahora por la emoción y el regocijo.

Después del triunfo del NO vino el triunfo de Aylwin. ¿Que la vuelta de la democracia fue pactada con la dictadura?, cierto. ¿Que no llegó toda la alegría que esperábamos?, cierto también. Pero me da mucha alegría constatar que gracias a ese NO del  5 de octubre de 1988, más adelante, con los gobiernos democráticos, nunca más hubo degollados, no se asesinó a ningún periodista más, ni un asesino a sueldo hizo estallar con una bomba el coche de un opositor, no hubo más ejecuciones disfrazadas de enfrentamientos, se terminaron los exiliados y la letra “L” en el pasaporte, los censores de la DINACO quedaron cesantes, los arqueólogos pusieron cada vez más su ciencia al servicio de la justicia, ya nunca más fue  necesario hablar en voz baja por miedo a los soplones, los torturadores y asesinos comenzaron a rendir cuentas a la justicia, empezaron a llegar los cantantes que la dictadura tenía vetados.

Ese primaveral NO a Pinochet dio paso a una alegría incompleta, es verdad, pero pucha que me pone feliz sacar la cuenta de todas las infelicidades que ese NO nos evitó.

Carole Sinclaire, curadora del Museo Precolombino: “Mi convicción fue lo más importante en ese momento”

El 4 de octubre celebro el nacimiento de mi hija Paloma, que cumple 30 años. Yo estaba muy embarazada en esa época bastante compleja, por las protestas. Había un ambiente tenso, peligroso podría decirse, sobre todo si una está embarazada. A pesar de mi guata enorme de casi nueve meses, participé activamente de la campaña del NO, yendo a las protestas y a los caceroleos.

La arqueóloga Carole Sinclaire a mediados de 1988, embarazada de su única hija, Paloma.

La arqueóloga Carole Sinclaire a mediados de 1988, embarazada de su hija Paloma.

Tuve un embarazo bastante normal. A comienzos de octubre, fui a control con el médico y él me dijo que estaba lista, que mi fecha de parto sería entre el 4 y el 6. Ahí le pregunté si era posible inducirlo, porque no quería perderme el plebiscito. Además, el 5 de octubre podía cortarse la luz, haber protestas, nadie sabía cómo iba a ser ese día pero el pronóstico no era nada bueno, por todas las protestas que había habido.

Decidí inducirme el parto un día antes, el martes 4 de octubre. Mi médico fue mi cómplice. Él también estaba muy interesado en estar liberado ese día para ir a votar por el NO. Entonces, hicimos una asociación que resultó de una manera fantástica. Me interné en la clínica, el alumbramiento fue perfecto y a las 4 de la tarde mi hija ya estaba mirando la luz de este mundo. Como había salido todo tan bien, el médico me dio autorización para ir a votar el día siguiente. Después de haber vivido 15 años de dictadura sentía que mi voto era importante, iba sumando.

Mi convicción fue lo más importante en ese momento. Parir la democracia, ayudar como pudiera en este proceso.

El 5 de octubre de 1988, muy temprano en la mañana, partimos junto con algunas otras pacientes al local de votación. Nos llevaron en ambulancia y muy rápidamente, en menos de una hora, cumplimos con nuestro deber democrático y cívico. Después me subí a la silla de ruedas y volví. Vi los resultados del Plebiscito en la clínica y celebré con mi guagua, que fue nombrada Paloma aludiendo a la paz, a la esperanza. El día subsiguiente me fui a mi casa feliz con mi nueva hija y con la nueva vida que implicaba el triunfo del NO y el camino difícil de la vuelta a la democracia.

En enero del 89 me fui fuera del país con mi pequeña de dos meses cumplidos y estuve casi tres años fuera, volví cuando estaba todo más asentado. Esa primera etapa del jolgorio y la maravilla de volver a la democracia o empezar este proceso de transición, yo la viví fuera. Ahí siento un vacío, me hubiera gustado haber estado participando día a día de esos primeros años.

Texto: Oriana Miranda y Paulina Roblero

Fotos: Archivo personal de José Berenguer y Carole Sinclaire