RAPANUI:
PREHISTORIA DEL CHILE POLINESICO
Carole Sinclaire Aguirre
Rapanuí, como denominan a Isla de Pascua sus habitantes, es una de las tierras habitadas más aisladas del planeta. Sin embargo, sus escasos 170 km2 encierran una historia tan particular, que desde que el navegante holandés Jacob Roggeveen la descubriera para Occidente un domingo de Pascua de Resurreción de 1722, ha cautivado la imaginación del público y despertado el interés de muchos investigadores. La Isla de Pascua, territorio insular de la República de Chile a partir de 1888, está situada en el medio del Pacífico sureste, a 2600 kilómetros del archipiélago más cercano, en la Polinesia Francesa, y a 3700 kilómetros del puerto de Caldera, en la III Región de Chile.
El h alo de misterio que rodea a esta isla se debe, en gran medida, a que los primeros europeos que la conocieron quedaron sorprendidos de encontrar allí, tan lejos de Polinesia, a un pueblo de ese origen. Además, éste vivía una profunda crisis social, política y demográfica que casi los llevó a la extinción a fines del siglo XIX. A los europeos les fue difícil comprender que este mismo pueblo que los recibía, descendiera directamente de la cultura que produjo las gigantescas esculturas de forma humana (moai) y construyó grandes monumentos religiosos con altares y plazas ceremoniales (ahu). Tan innumerables son los testimonios arqueológicos, que la totalidad de la isla podría considerarse un "gran museo al aire libre", según palabras del arqueólogo William Mulloy.
La prehistoria, la historia y el presente de Rapanuí se funden en una sola gran historia cultural. Para comprenderla mejor, los arqueólogos la han dividido en una secuencia de desarrollo compuesta de cinco fases cronológicas. Corresponden a la prehistoria las tres primeras fases, período que culmina en la fecha en que la isla de Pascua es descubierta por los europeos.
Ecología y subsistencia
La Isla de Pascua emergió del fondo oceánico hace entre 3 millones y 10 mil años, luego de un largo proceso eruptivo de tipo volcánico, cuyo testimonio son los cráteres que conforman sus vértices: Poike al este, Rano Kau al sur y Maunga Terevaka al norte, que con sus 560 metros de altura constituye la cumbre más alta de la isla. El relieve volcánico se complementa con un paisaje de lomas que constrastan con los grandes alcantilados litorales, que no han permitido la formación de grandes playas, a excepción de Ovahe y Anakena. Dadas sus características geológicas, la isla es pródiga en canteras de las más variadas rocas volcánicas. Desde la cantera de los moai, en el cráter del volcán Rano Raraku, formado por cenizas consolidadas, la escoria roja utilizada en sus "sombreros", o el duro basalto de sus construcciones monumentales, hasta las obsidianas, un vidrio volcánico negro con el que se elaboró una variedad de artefactos. No existiendo en la isla cursos de agua permanentes, debido a la excesiva permeabilidad de los suelos, los mayores reservorios de aguas lluvia se encuentran en los fondos de los cráteres Rano Kau, Rano Raraku y Rano Aroi, originando una de las pocas tierras cultivables del territorio.
La fauna terrestre autóctona no incluía mamíferos nativos; sólo algunas especies de insectos y lagartijas. Las aves migratorias eran abundantes, aunque no fueron de gran importancia en la dieta de los isleños, aparte, quizás, de sus huevos como complemento alimentario. Los exponentes de la fauna marina, como tortugas y peces, eran escasos en comparación con otras islas polínesicas. La ausencia en Pascua de arrecifes de coral, restringió tanto la variedad y cantidad de la vida marítima asociada a la isla, como su explotación (caza y pesca) en tiempos prehistóricos. Las lomas de la isla habrían estado originalmente cubiertas de una densa vegetación boscosa, propia de un clima semitropical, con especies nativas tales como el toromiro, una palma de coquitos hoy extinguida; una conífera, el makoi; sándalo y mahute; y una variedad de totora que hoy se da en abundancia en las lagunas de los volcanes. Los recursos madereros fueron tempranamente sobreexplotados por los isleños, utilizándolos para edificar viviendas domésticas y ceremoniales, construir embarcaciones y tallar figuras de sus espíritus tutelares, como también para elaborar una variedad de otros artefactos esenciales.
Según la tradición --confirmada por la investigación científica-- los antiguos inmigrantes introdujeron una variedad de vegetales tropicales de origen polinésico que se reprodujeron muy bien en la isla, tales como el taro, el ñame, el camote, el plátano y la caña de azúcar. Por el contrario, el árbol del pan y el cocotero, no lograron aclimatarse. Trajeron también animales, tales como una especie de rata y otra de gallina. Resulta extraño que en los sitios arqueológicos no se encuentren restos óseos de perros y cerdos, dos animales domésticos de gran importancia económica en Polinesia. Estos limitados recursos faunísticos, probablemente hicieron de la gallina un bien privilegiado, con un papel preponderante en el ámbito social, político y religioso. Se las protegió en fortificaciones especiales en épocas de hambrunas y conflictos bélicos, fueron el medio de intercambio por excelencia, el regalo más preciado y la ofrenda obligada en toda ceremonia, usándose también sus plumas blancas como adorno predilecto de muchos ornamentos corporales.
Los orígenes legendarios: mito, arqueología e historia
Según la tradición oral, el pueblo rapanuí provendría de la mítica isla Marae Renga, en Hira, hoy en día desconocida en Polinesia. De ese lugar, el Rey (ariki) Hotu Matu'a, vencido por su hermano en una guerra intertribal, tuvo que emigrar en busca de un nuevo hogar en medio del Pacífico. Para ello envió a seis exploradores con la misión de encontrar un territorio visto previamente en sueños por el joven Haumaka. Así fue como estos pioneros arribaron a la Isla de Pascua, que llamaron Te Pito Te Henua (El Ombligo del Mundo). Luego de recorrerla en todas direcciones plantando ñames, eligieron la playa de Anakena para el desembarco de su Rey. Meses más tarde, guiados por las estrellas, las aves migratorias y las corrientes marinas, llegan a esta playa dos grandes canoas, a bordo de las cuales venían Hotu Matu'a y su hermana, la reina Ava Reipua, y un centenar de hombres, mujeres y niños. Arribaron provistos de los instrumentos, enseres domésticos, reliquias, plantas y animales necesarios para el sustento. Acompañaban al linaje real, los sacerdotes (ivi atua), algunos guerreros (matatoa) y los sabios (maori), entre los que destacaban los responsables de guardar la memoria colectiva del pueblo a través de un sistema de escritura sagrada. Luego de asentarse, el rey divide los territorios de la isla entre sus hijos, quienes serán los respectivos ancestros de los clanes territoriales que posteriormente conformarán la organizada sociedad rapanuí. Al final de sus días, Hotu Matu'a se recluye en el cráter Rano Kau y, antes de morir, cede el poder a su hijo mayor Atariki, designándolo su sucesor.
Respecto a los primeros colonos, la investigación tiende a confirmar que su origen y lugar de partida se encontraría en el archipiélago de las Islas Marquesas, en la Polinesia Oriental. En el mismo relato mítico, por ejemplo, se mencionan productos vegetales, como el ñame, que son nativos de esa región. La biología, por su parte, reconoce una mayor afinidad genética entre la actual población pascuense y aquella existente en aquel archipiélago. Por lo demás, se ha comprobado que la lengua rapanuí derivaría de un tronco común proto-polinésico.
Hasta ahora, la arqueología ha logrado establecer que las evidencias más antiguas de ocupación humana en Pascua proceden de un sitio habitacional localizado en las cercanías del volcán Poike, que ha sido fechado hacia el año 400 d.C. No obstante, persiste la búsqueda del "primer asentamiento", que el mito ubica en los alrededores de Anakena. Los restos culturales recuperados en el mencionado sitio, entre ellos herramientas de piedra (toki) y anzuelos de piedra pulida y de hueso humano muy similares a los de las islas Marquesas, forman parte de un solo complejo cultural heredado de las primeras Sociedades Polinésicas Tempranas, cuyo máximo desarrollo tuvo lugar hacia 300 d.C. Las enormes construcciones ceremoniales ahu y moai, que le otorgan un sello tan particular a la cultura Rapanuí, encuentran sus prototipos en la misma Polinesia.
Debe destacarse, por último, que a lo largo del desarrollo prehistórico de Rapanuí no hay evidencias de uso de la cerámica. Por motivos que aún se desconocen, la alfarería no estuvo inclui-da en el repertorio cultural traído originalmente a la isla por los primeros inmigrantes, a pesar que era una tecnología conocida en las antiguas comunidades polinésicas.
La arqueología indica que, en sus mil años de existencia, la cultura Rapanuí se desarrolló de manera continua e indepen-diente de otras influencias externas, a partir de una única migración poblacional sin retorno. Sin embargo, existen otros planteamientos que postulan que sí hubo relaciones fortuitas con el continente sudamericano durante la época de florecimiento de la cultura (Ahu Moai), hacia el 1200 d.C. Estas afirmaciones de corte difusionista buscan explicar los cambios culturales regis-trados en la prehistoria de Rapanuí por medio de contactos transpacíficos en dirección este-oeste. Una de las teorías más controvertidas es la de Heyerdahl, quien dice que la isla habría recibido en este período una segunda oleada de población proce-dente del Area Andina (desde Tiwanaku), trayendo consigo una serie de nuevas ideas, cultivos andinos, etcétera, provocando cambios, por ejemplo, en el culto religioso y en el estilo arquitectónico de las construcciones monumentales. Esta teoría no ha podido ser demostrada y por ahora sólo seguirá avivando el interés y la curiosidad de algunos aventureros.
Sociedad, economía y asentamiento
Se desprende del mito que la antigua cultura Rapanuí, al igual que los pueblos polínésicos, presentaría una estructura social muy rígida, compuesta de diferentes clases sociales basadas en grupos con un ancestro común. Se trataba de una sociedad patriarcal, con una familia extensa o ivi o paenga, donde tanto la residencia como la descendencia se definían por línea paterna. Varios grupos familiares formaban un ure o linaje que tenía su propio ahu o centro ceremonial para el culto a sus ancestros deificados. Poseían también un territorio común dividido entre las familias, pero explotado en comunidad. A su vez, los linajes más relacionados se agrupaban en clanes o mata, el máximo nivel de su organización social. Durante el apogeo cultural en la isla, la población alcanzó a 10 mil habitantes. Se estima que este incremento demográfico ocasionó graves conflictos entre los mata por el dominio de los territorios productivos cada vez más escasos, provocando fusiones o divisiones entre ellos. En tiempos históricos, existían 12 mata, reunidos en dos grandes confede-raciones que se repartían la isla por mitades.
El jefe supremo era el Ariki Mau. Su autoridad se basaba en la creencia en su origen divino y en su capacidad para procurar los alimentos y distribuirlos generosamente entre la gente de su pueblo, una actitud de poder muy característica de los pueblos polinésicos. Como descendía directamente de los dioses, poseía poderes sobrenaturales o maná, que lo convertían en un ser sagrado y muy respetado. Las prohibiciones que lo rodeaban impedían que actuara en la vida política y social. Sin embargo, esta misma sacralidad le permitía asegurar las cosechas, la fertilidad de la tierra e influir sobre los animales, además de supervisar las ceremonias en las que actuaba como principal mediador para comunicarse con sus ancestros tutelares.
La nobleza la integraban la familia directa del Ariki --el linaje real-- y los principales sacerdotes. Recientes análisis de restos óseos humanos indicarían endogamia, es decir uniones matrimoniales entre miembros de un mismo clan. En la fase histórica, el clan Miru llegó a ser uno de los más respetados por su antigüedad y proximidad al linaje real del legendario Hotu Matu'a. Los linajes habrían tenido sus propios sacerdotes, los sabios conocedores de las escrituras sagradas, la medicina y la astronomía, quienes ejecutaban las celebraciones en los altares megalíticos.
Los artesanos especializados también pertenecían a la nobleza. Gozaban de mucho prestigio por estar consagrados a tareas de gran relevancia dentro de la sociedad. Destacaban los expertos pescadores, los maestros canteros o escultores a cargo de la construcción de los grandes altares y el tallado de los moai y los artesanos de la madera que elaboraban las figuras que representaban a los espíritus tutelares. Junto a la nobleza, los guerreros o matatoa fueron también una clase importante. Estos adquieren mayor preponderancia durante la Fase Decadente Huri Moai, cuando asumen el poder en reemplazo de la antigua aristocracia religiosa y lideran la emergencia de una nueva ideología que se caracteriza por el culto a Make Make y las ceremonias del Tangata Manu, el Hombre-Pájaro.
Bajo esta poderosa nobleza estaba el pueblo común, denominado huru manu, compuesto de pescadores y agricultores que entregaban su trabajo y alimentos para la mantención del sistema económico-social y de culto. La clase religiosa concentraba la mayor parte de la producción y redistribución de bienes al resto de la población en ocasiones determinadas ritualmente. Por último, a la clase más inferior pertenecían los kio, que eran los derrotados en las guerras, convertidos en esclavos o sirvientes del clan vencedor.
La base de la economía se encontraba en la agricultura. Entre los cultivos comestibles introducidos por los primeros colonos estaban el camote, que era el más importante en la dieta; cerca de 41 variedades de ñame; la caña de azúcar, de consumo preferencial en las fiestas; y el plátano. Estas plantas se desarrollaron muy bien en la isla en terrenos preparados con el sistema agrícola de tala y roza, y demarcados por pircas de piedra. Se cultivaron también calabazas que servían como contenedores y se utilizó la fibra del mahute, que lavada, machacada y cosida en paños, servía para fabricar sus prendas más esenciales, entre ellas capas pintadas con hermosos diseños trazados con pigmentos vegetales. En tiempos tardíos, cuando ya escasearon los terrenos agrícolas por la sobreexplotación, construyeron terrazas y acueductos en las laderas de los volcanes, aprovechando el microclima que allí se generaba. Como fertilizante debieron usar el guano de las aves marinas y las cenizas producto de las quemas de los pastizales. La principal herramienta agrícola fue un simple palo de cavar llamado oka. El ciclo agrícola estaba programado en relación a fenómenos astronómicos y por lo tanto, de rituales y reglas de prohibición que marcaban los tiempos propicios para la siembra y la cosecha.
Según la tradición, eran expertos navegantes, pero existen poquísimos registros de ello. En la memoria quedan escasas referencias de aquella primera embarcación de doble casco (prototipo del actual catamarán polinésico) que habría traído al Rey Hotu Matu'a. En petroglifos y en maderas y piedras talladas, hay, sin embargo, innumerables figuras de canoas de balancín, el otro tipo de embarcación descrito a comienzos del siglo XVIII. Eran construidas con tablones de toromiro y makoy, usando gruesas azuelas de basalto, hachas y cuchillos, y luego unidas con cordones vegetales o de pelo humano y calafateadas con una mezcla de musgos y grasa de tiburón. Se han registrado en los depósitos arqueológicos restos faunísticos que indicarían el consumo de especies de alta mar, como el atún, reservado a la nobleza, cuya pesca estaba sujeta a muchas restricciones religiosas, al igual que la captura de tortugas. El variado instrumental de pesca existente refleja el grado de especialización y conocimiento del medio marino que poseían: anzuelos de basalto y de hueso humano para la pesca del atún, lienzas, redes y trampas para atrapar anguilas y congrios. No hay evidencias claras de uso de arpones.
Mientras más importante el linaje, más favorable era el territorio en que habitaba. Estos se extendían desde la línea de costa hacia el interior de la isla, como franjas marcadas con acumulaciones de piedras que todavía se conservan. Las aldeas se establecían preferentemente en el borde costero, adyacentes a los ahu. Se componían de un grupo central de viviendas que por lo general pertenecían a los miembros de mayor estatus. En cambio la gente común ocupaba los territorios interiores, con asentamientos permanentes y dispersos cerca de los campos agrícolas.
La vivienda principal de la aldea y una de las más características, es el hare paenga. Tiene la forma de un largo bote invertido, de entre 10 y 15 metros de largo por dos de ancho. Su base elíptica se componía de bloques de basalto labrados y con orificios para empotrar los maderos que sostenían las paredes de ramas y el techo de paja. No tenían ventanas y la puerta era un bajo y angosto pasillo situado al centro de la vivienda. El interior se alhajaba a veces con un pavimento de piedras redondas. Como único mobiliario se han registrado unos cantos rodados envueltos en pasto y esteras vegetales, en los cuales se han grabado finos diseños relacionados con la fertili-dad. Según descripciones históricas, para proteger sus viviendas los pascuenses colocaban a la entrada figuras de madera que representaban a sus antepasados y espíritus tutelares. Junto a las casas había hornos subterráneos emplantillados con piedras y de formas rectangulares o circulares, en los que cocinaban comunitariamente los alimentos a la manera del curanto chilote.
Otro tipo de vivienda muy diferente a las anteriores, fue la que se construyó hacia el final del período prehistórico en la aldea ceremonial de Orongo. La aldea, ubicada en la orilla del cráter Rano Kau, se compone de unas 50 de estas casas edificadas íntegramente con lajas de basalto y con techos elaborados con un sistema de falsa bóveda. Presenta además dos ahu y un sinnúmero de bloques de piedra cubiertos con petroglifos dispersos por el sitio. Estas viviendas solamente se habitaron con ocasión de las ceremonias relacionadas con el culto a Manutara y al dios Make Make, práctica religiosa que continuó vigente hasta mediados del siglo XIX.
La vida y la muerte: un mundo cargado de magia
Tal como ocurre en la actual cultura pascuense, la sociedad prehistórica debió contar con ritos y ceremonias que marcaran las diferentes etapas de su ciclo vital, desde el nacimiento hasta la muerte. Los primeros rituales se iniciaban seguramente al nacer, con el corte del cordón umbilical. Seguían en la temprana infancia con las ceremonias del primer corte de pelo y la postura del primer taparrabo, junto al tatuaje de las piernas a los 8 años. En la pubertad, tenían lugar los importantes ritos de iniciación para ingresar a la vida adulta. Esta ceremonia, registrada por los viajeros europeos, era una verdadera escuela de aprendizaje. En ella, niños y niñas con el cuerpo pintado de rojo y blanco y adornados con unos colgantes llamados tahonga, eran recluidos por varios meses en la pequeña isla Moto Nui, ubicada frente a Orongo, para aprender de maestros y sabios los diferentes aspectos de su cultura (tradiciones, oficios, conocimientos sagrados, arte de la guerra, etc.), combinados con juegos de destreza y fuerza corporal. Algunos eran seleccionados para dedicarse a actividades más específicas como el arte del tatuaje, la escritura o para ser artesanos escultores o canteros.
Las ceremonias de muerte ocuparon también un lugar importante, especialmente con motivo del funeral de algún miembro importante de la familia. El cuerpo del difunto, envuelto en una tela vegetal, se descomponía luego de permanecer uno o dos años expuesto al aire libre junto al ahu. Posteriormente, sus huesos eran lavados y depositados en una cámara funeraria construida en la misma estructura, lugar donde el alma del difunto se encontraría con sus antepasados, abandonando finalmente a sus familiares. Al cabo de un tiempo, se le recordaría en la ceremonia del Paina, una fiesta ofrecida por los deudos que constituía un importante acontecimiento social. Frente al ahu se erigía una gran efigie --probablemente la misma imagen del muerto-- formada de palos y telas vegetales pintadas con una cabeza modelada. En el ahu Tepeu quedan todavía señales de lo que fueron estas figuras del Paina.
La magia (maná) y los espíritus estaban siempre presentes en la comunidad. Cualquier objeto podía contaminarse con ese poder sobrenatural, especialmente aquel que residía en los hombres poderosos. Los cráneos grabados con diseños relativos a la fertilidad (por ejemplo, vulvas) encontrados enterrados en el piso de casas y gallineros, problemente pertenecían a este tipo de perso-najes. Por su parte, los espíritus benéficos o demoníacos, podían encarnarse tanto en animales como en objetos, o constituirse en tutelares al estar relacionados con un territorio o una familia determinada. Cuenta una leyenda que un antiguo compañero de Hotu Matu'a observó casualmente a estos espíritus y decidió reproducirlos tallando en madera unas estatuillas de forma humana. Aquellas con las costillas salientes y el estómago hundido, representan a los espíritus masculinos y las con perfil plano y sexo señalado, a espíritus femeninos. Desde ese mítico momento hasta hoy en día constituyen unas de las expresiones más clásicas del arte pascuense.
El esplendor del megalitismo,
Fase Expansiva "Ahu Moai"
En pleno florecimento cultural, se desarrolló en la isla un avanzado y muy sofisticado arte megalítico que no tiene parangón en toda la Polinesia. Fue el producto de una inusual devoción religiosa relacionada con el culto a los ancestros. En 500 años, la sociedad Rapanuí alcanzó a edificar cerca de 300 altares monumentales y talló en piedra más de 600 gigantescas esculturas humanas. Estas innumerables realizaciones se explicarían por la necesidad de los diferentes linajes de competir por el poder, demostrando también un claro deseo de ostentación, construyendo obras cada vez mejores y más numerosas.
Los ahu
En torno a estos centros ceremoniales se desarrollaba toda la vida religiosa, social y política de la comunidad: las investiduras, ritos de iniciación, asambleas, funerales y las fiestas con ocasión de la redistribución de los alimentos. Allí, el ariki mau, junto a la nobleza en pleno, eran asistidos por especialistas del culto y por una multitud de sirvientes. El antecedente de los ahu se encuentra en los marae, antiguas plata-formas ceremoniales de mampostería de la Polinesia. En la isla, no obstante, estos altares adquieren ciertos rasgos que los harán tan singulares en la región como los son sus moai. Se les transformó en un plano inclinado frontal, pavimentado con piedras redondas, agregándosele grandes extensiones laterales. Sobre esta plataforma se dispusieron luego los moai y en tiempos más tardíos, fueron utilizadas como crematorio humano y lugar de entie-rros. La planificada construcción de estos altares se expresa en la simetría de sus formas y en la orientación astrónomica de las fachadas de algunos de ellos, relacionada con la salida y puesta del sol durante los solsticios y equinoxios.
Aunque muchos ahu sufrieron modificaciones y reconstrucciones a lo largo de su historia, reflejan un desarrollo arquitectónico gradual y continuo, sin influencias externas, a pesar que según la leyenda las construcciones mayores serían obra de los Hanau Eepe (raza corpulenta), una población llegada posteriormente a la isla que dominó a los habitantes originarios, los Hanau Momoko (raza delgada). Los ahu Tahai y Vinapu son los más antiguos. Fueron construidos en plena Fase de Asentamiento, hacia los años 700 y 800 d.C. Se caracterizan por sus grandes muros compuestos de enormes bloques de lava, pulidos y ajustados con sorprendente precisión. Probablemente, en este mismo período se esculpieron los primeros moai. Durante la Fase Expansiva, los altares crecen en tamaño, se agregan más estatuas y se complejizan considerablemente, presentando amplias rampas laterales y pavimento frontal, aunque decae el pulimento en los bloques, esta vez hechos de basalto. El ahu Tongariki representa el máximo esfuerzo constructivo de este período clásico, con casi 160 metros de largo, entre plataforma y extensiones laterales, logrando sostener 15 imponentes moai con sus respectivos sombreros de escoria roja, los que fueron tumbados hacia 1860. Ya en tiempos históricos, coincidiendo con la Fase Decadente, se inicia la destrucción de los ahu y el derribamiento de los moai. En su reemplazo se construyen una estructuras de forma semipiramidal, utilizadas como lugar de enterratorios humanos.
Los moai
A diferencia de Polinesia, donde las imágenes de los antepasados eran talladas en gruesos troncos, en Rapanuí se prefirió esculpirlas en gigantescos bloques volcánicos. Las materias primas más comunes fueron el duro basalto vesicular, la traquita y la escoria roja. Posteriormente, se usó el material de la cantera del cráter Rano Raraku. Más de 70 moai sin terminar quedaron eternamente dormidos en sus canteras de origen, cuando se detuvo su elaboración en los años en que sobrevino la crisis. Las esculturas tienen en promedio 4 metros de altura, a excepción del moai "Paro", del ahu Te Pito Kura, que con sus 10 metros y 85 toneladas de peso, es la expresión cúlmine del megalitismo al servicio del impresionante poder político y religioso que alcanzó en esta época la sociedad pascuense.
Los moai se esculpían directamente en la roca con duros cinceles y azuelas de basalto. Luego, eran levantados y deslizados hasta el pie del volcán con la ayuda de cuerdas vegetales donde se realizaban las terminaciones de la cabeza, tallándole los ojos cerrados, una nariz y orejas alargadas, simbolizando el uso de gruesos pendientes. En la espalda se representaban tatuajes. Desde aquí eran trasladados al altar respectivo con cuerdas que permitían desplazarlos con movimientos basculares o arrastrarlos a través de ingeniosas armazones de madera. Esta faena, que podía tomar varios meses y el esfuerzo de muchísimos hombres, concluía cuando el moai era dispuesto de espalda al mar sobre la plataforma del ahu. En ese lugar, el ariki vestido ritualmente con una larga capa de mahute pintada, tocado con una corona de plumas blancas y adornado con pectorales llamados reimiro y pendientes de madera denominadas tahonga, presidía la ceremonia donde se envistía al moai del poder simbólico que protegería al linaje y al territorio. Era el momento en que se le engastaban los ojos de coral blanco y obsidiana y a algunos se les ponía un enorme sombrero de escoria roja, a semejanza del turbante o moño teñido de rojo del ariki, signo de su condición divina.
Colapso y readaptación,
Fase Decadente "Huri Moai "
A fines de la Fase Expansiva, la sociedad Rapanuí debió ser capaz de producir suficiente excedente económico para sustentar a la emergente aristocracia política y religiosa que conducía el desarrollo arquitectónico y escultórico más espectacular de toda Polinesia. Esto no duró mucho tiempo. Hacia el año 1600, el incremento de la población y las consecuentes exigencias productivas y alimentarias para mantener la sociedad, comenzaron a deteriorar el frágil medio ambiente de la isla, iniciándose el cruento colapso cultural que caracterizó la última fase de la prehistoria pascuense. Los linajes más poderosos tuvieron que competir para mantener sus privilegios y territorios, realizando construcciones cada vez mayores para justificar su poder. Al descontento creciente de la población ante tales demandas, se sumó la hambruna, situación que fatalmente desembocó en guerras intertribales de gran violencia, culminando con la destrucción de los templos y el tumbamiento de las estatuas. Son símbolos de este sombrío período la antropofagia de los grupos vencidos y algunos instrumentos de muerte, tales como el mata'a, que son hachas y lanzas de obsidiana, mazas cortas de madera para el combate cuerpo a cuerpo y largos bastones tallados, insignias de mando de los jefes guerreros.
La crisis afectó a la sociedad en todos sus ámbitos, debiendo readaptarse en forma radical para no sucumbir totalmente. La economía basada en la redistribución y la ostentación, dió paso a otra caracterizada por la reciprocidad y el intercambio. Se tendió a proteger la producción de alimentos, fomentándose los ritos de fertilidad, junto con la construcción de refugios tanto para los cultivos como para las gallinas. Estos refugios eran verdaderas fortificaciones, que resguardaban el alimento más preciado. Este cambio económico generó un reacomodo de la estructura social, subiendo al poder los antiguos líderes políticos y guerreros. También influyó en el sistema de creen-cias, al iniciarse el culto a Make Make y las ceremonias del Tangata Manu.
Habiéndose perdido el poder de los sacerdotes en torno a los ahu, el nuevo eje político y religioso se traslada a la aldea ceremonial de Orongo, lugar en el cual se desarrollarían las más importantes ceremonias del nuevo culto, muy relacionado a la fertilidad. Este consistía en que cada año representantes de diferentes linajes competían por conseguir el primer huevo de la gaviota manutara, depositados en unas islas ubicadas frente a Orongo. El competidor que lo conseguía era investido como Tangata Manu, es decir como un ser sagrado, por el propio dios Make Make o su encarnación, adquieriendo tanto él como su grupo, privile-gios económicos y rituales durante todo un año, ejerciendo el poder de manera despótica y cruel frente a los grupos vencidos. Con ello, se reactivaban año a año las ansias de venganza dentro de la sociedad, propagándose el canibalismo, de lo cual hay muchos testimonios. En los alrededores de la aldea existen petroglifos con las imágenes de esta deidad temporal, representada con un cuerpo humano y una cabeza de pájaro, sosteniendo un huevo en sus manos.
A pesar del profundo vuelco cultural ocurrido en esta época, la sociedad Rapanuí no interrumpe el nexo con sus antepasados polinésicos. Una expresión notable de esta continuidad, donde se funden en la nueva ideología los antiguos conceptos del maná y el tapu, se encuentra en el mismo sitio de Orongo, en un moai de estilo clásico que lleva en su espalda figuras grabadas del hombre-pájaro y varias vulvas, símbolos del poder de los líderes guerreros y los ritos de fertilidad, respectivamente. Allí, esta importante imagen llamada "la rompedora de olas" (Hoa Haka Nana), de espaldas al mar como en los antiguos ahu, representa mejor que ninguna otra la persistencia de una cultura milenaria.
Epílogo
El 5 de abril de 1722, los rapanuí divisaron otras velas surcando el horizonte. Tuvieron que pasar 1100 años para que la isla fuera descubierta por Occidente, quien la nombró para siempre Isla de Pascua. Esta fecha marca el término de su prehistoria y el inicio de la historia pascuense, que comenzará a ser contada a partir de las profundas huellas que dejaran en este pueblo originario los posteriores contactos con el mundo continental. Primero fueron los exploradores españoles, luego los misioneros franceses. Décadas antes que la isla pasara a ser territorio soberano de Chile, fue objeto de explotación ganadera por parte de una empresa inglesa. En el intertanto, la deportación masiva de pascuenses para trabajar en las empresas guaneras del Perú, la introducción de enfermedades contagiosas, junto a las luchas internas derivadas de estas situaciones, fueron diezmando la población a tal punto que a finales del siglo XIX la isla contaba con sólo 111 habitantes. A pesar de haber vivido en completo aislamiento por más de 1500 años, el pueblo Rapanuí logró sobre-ponerse al violento contacto gracias a su admirable capacidad de adaptación, permitiéndoles hoy en día mantener vigente su identi-dad como cultura ancestral.
LAS TABLILLAS PARLANTES "RONGO RONGO"
La ceremonia del culto al "hombre-pájaro" en Orongo, incluía la recitación de cantos y plegarias por parte de sacerdotes llamados tangata maori rongo rongo, quienes las leían de unas imágenes grabadas en tablillas de madera, conocidas como koahu rongo rongo. La tradición oral cuenta que estas tablillas, que eran originalmente 67, fueron traídas por los sabios que acompañaron al Rey Hotu Matu'a. En ellas se registraron con signos indecifra-bles para el común de la gente, los mitos de origen, la historia genealógica y los cantos ceremoniales de esta ancestral cultura polinésica. Hoy en día, quedan 24 ejemplares repartidos en dife-rentes museos y colecciones privadas del mundo. Chile conserva algunas de ellas, que se pueden admirar en el Museo Nacional de Historia Natural.
El primer indicio de esta misteriosa escritura proviene de mediados del siglo XIX, cuando los pascuenses, recientemente convertidos al cristianismo, le regalan al Obispo de Tahiti un largo cordón tejido con cabellos humanos que envolvía la "primera" madera llegada a la isla. Este pedazo de madera se encontraba completamente grabado con pequeñas y reconocibles figuras cuidadosamente alineadas. De allí en adelante fueron apareciendo otros objetos con diseños similares, en tablillas, pectorales y basto-nes de mando. Las imágenes allí representadas eran sin duda jeroglifos, uno de los más enigmáticos y particulares rasgos culturales de esta sociedad.
Los símbolos grabados son muy convencionales y casi idénticos en cada objeto. Se han identificado un total de 150 elementos básicos que, combinados, llegan a formar hasta 2000 composiciones diferentes. Las figuran representan hombres, aves, hombres-pájaros, aves bicéfalas, vulvas, manos y pies, animales tales como tortugas, peces y cienpiés, diversas plantas, distintos utensilios, soles y estrellas, más innumerables imágenes geométricas. También se representan especies vegetales y animales, ausentes en Pascua, pero comunes en otros ambientes más tropicales, reafirmando su origen polinésico.
Los últimos sabios rapanuí murieron como esclavos en Perú entre 1862 y 1863. Con ellos se fue el secreto de esta escritura sagrada. Apelando al recuerdo de sus descendientes, los estudiosos han podido descifrar algunos signos y frases, así como los temas a los que estaban relacionados, entre ellos, las prácticas rituales, desde rezos hasta sacrificios humanos, así como referencias a la muerte, la tristeza y la fecundidad. Estos pictogra-mas parecen no haber constituido una gramática propiamente tal, sino ideogramas con múltiples significados. Más que un recurso de ayuda memoria para fijar cantos y genealogías, como es tradicio-nal en Polinesia, el rongo rongo es un sistema convencional de comunicación ideográfica en transición entre la escritura de imágenes y la de sonidos. Se han reconocido algunos signos, como el color, representado por objetos específicos o bien las cualidades, expresadas en forma literal. Más difícil ha sido la reconstrucción de frases, por el fuerte carácter metafórico de sus textos (cantos, adivinanzas, poesías, etc.).
Las tablillas fueron confeccionadas en madera de toromiro y sus glifos, que cubren ambas caras, se grabaron con aguzados dientes de tiburón sobre franjas paralelas. El texto ideográfico era "leído" de izquierda a derecha a partir de la línea inferior, al término de la cual se giraba la tablilla en 180° para continuar en la misma dirección con la siguiente línea superior y así sucesivamente
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