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El arte de ser diaguita: Exposición con más de 170 piezas emblemáticas llega a La Serena

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El Museo Chileno de Arte Precolombino y BHP / Minera Escondida presentan El arte de ser diaguita, exposición enfocada en la extraordinaria riqueza, colorido y permanencia de las manifestaciones artísticas de la cultura diaguita chilena. La muestra estará abierta al público de forma gratuita desde el 27 de abril en el Museo Arqueológico de La Serena (Cordovéz esquina Cienfuegos).

La exposición presenta 179 emblemáticas piezas de cerámica, piedra, hueso y metal de la cultura diaguita. El público se encontrará con dimensiones que se desconocen: un mundo nuevo, explorando el trasfondo ritual, religioso y chamánico de esta cultura. Cabe destacar que ninguna cultura precolombina en Chile despliega los diseños geométricos con mayor maestría que la diaguita.

Se trata de un viaje circular del presente, al pasado y al presente nuevamente. Imágenes de los Bailes Chinos (declarados por la UNESCO el año 2014 como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad) recibirán al público bajo el sonido repetitivo, vibrado y raspado de las flautas, para conducirlos hacia los tiempos ancestrales del mundo prehispánico. El recorrido los llevará a aprender quiénes fueron los diaguita: el paisaje en el que vivían, sus medios de subsistencia, sus artesanías más notables, la organización de su sociedad y su ubicación dentro de los desarrollos culturales del Norte Chico.

El director del Museo Precolombino, Carlos Aldunate, explica que “esta exposición destaca la historia diaguita que, al ser impactada por la expansión incaica se constituyen como aliados del Inca, facilitando la conquista de Chile Central y Copiapó. También se exhiben los testimonios que perviven de este pueblo precolombino en las actuales comunidades que se identifican como diaguita”.

El curador de la exposición, José Berenguer, agrega que la tesis principal de la muestra es que en el Norte Chico existieron y existen todavía múltiples maneras de ser diaguita. Eso se observa en los diferentes estilos de cerámicas, en las identidades en transformación por el paso de la vida a la muerte, el trance chamánico, las formas de vestir de los diaguitas precolombinos, pero también en que cada habitante actual del Norte chico se siente diaguita a su manera.

Formas de ser diaguita

La variedad de estilos desarrollados por los alfareros diaguita estará presente en la exhibición mostrando su historia como sociedad independiente (900 – 1400 d.C.) y la variedad de estilos que fusionan motivos locales y cuzqueños durante el periodo en que estuvieron dominados por los inkas (1400 – 1535). Estos estilos de vasijas, con los nombres otorgados por los arqueólogos que las estudiaron, son interpretados en esta exposición como formas de ser diaguita, expresando las distintas formas de asumir la identidad.

Dentro de la exposición se podrán ver cortometrajes sobre los actuales diaguita de las comunidades Taucan y Huascoaltina y sobre los creadores populares que, de una otra forma, se sienten también diaguitas y mantienen el ímpetu artístico empezado en el Norte Chico a comienzos del milenio pasado.

La exhibición presenta piezas pertenecientes a las colecciones del Museo Precolombino, Arqueológico de La Serena, del Limarí, Andino y la colección particular de la familia Domínguez-Domínguez. Proyecto presentado por BHP / Minera Escondida, acogido a la Ley de Donaciones Culturales y apoyado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

Coordenadas:

Muestra Temporal: El arte de ser Diaguita

Lugar: Museo Arqueológico de La Serena (Cordovéz esquina Cienfuegos)

Fecha: Desde el 27 de abril hasta agosto de 2018

Horarios: Lunes a viernes de 9:30 a 17:50 horas, sábados de 10:00 a 13:00 y de 16:00 a 19:00 horas, domingos y festivos de 10:00 a 13:00 horas.

 ENTRADA LIBERADA

Taller Modelando nuestra historia: cerámica y stop-motion

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¡Te invitamos a participar de este taller familiar gratuito organizado por el área de Educación del Museo!

El taller Modelando nuestra historia: cerámica y stop-motion tiene por objetivo difundir las culturas originarias a partir de la lectura de relatos de diferentes pueblos originarios de nuestro país. Estos relatos, basados en historias, leyendas, ritos y/o mitos, serán desarrollados por los artistas para crear un cortometraje en stop-motion, utilizando piezas de cerámica que serán realizadas por los participantes.

El taller es abierto al público familiar, adultos y niños mayores de 8 años con interés en experimentar los oficios de la cerámica y stop-motion a través de una narración de un pueblo indígena, sin importar experiencias o conocimientos previos.

Cupos: 10 parejas (un niñ@ más un adulto)

Fechas y horarios: sábado 19 y 26 de mayo y sábado 2 y 9 de junio, de 14:00 a 16:00

Duración: 4 sesiones

Valor: Gratuito con inscripción previa. Incluye materiales, inscripción a la biblioteca del Museo por un año y certificado de participación.

Consultas: Carla Díaz al correo cdiaz@museoprecolombino.cl

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¡Inscripciones cerradas!

Bienvenidos al corazón de América

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El arte toca el corazón de las personas. Con estas palabras, el fundador del Museo Chileno de Arte Precolombino, Sergio Larraín García-Moreno, imaginó un museo vivo, abierto y diverso. Un espacio que integra y escucha, una América sin fronteras reflejada en cada una de las diez mil piezas de nuestra colección, que representan a más de cincuenta culturas arqueológicas precolombinas.

Luego de dos años consecutivos de cifras históricas de público, quisimos ir más allá. Con el objetivo de incentivar la asistencia del público local, eliminando una de las barreras que les impedían conocer nuestro museo, decidimos crear un nuevo tarifario para chilenas, chilenos y extranjeros residentes, rebajando la entrada general de $4.500 a $1.000 y de $2.000 a $500 para estudiantes.

A esto se suman todas las instancias gratuitas que la institución ya otorga: entrada y visitas mediadas a estudiantes de enseñanza básica y media junto a sus profesores, entrada liberada a menores de 10 años, entrada liberada a quienes pertenecen a uno de los nueve pueblos originarios reconocidos por el Estado, entrada liberada a socios del Club Barrio Santiago, entrada liberada para trabajadores de museos públicos y privados, entrada liberada a la Sala ZIM de la Fundación Mustakis, entrada liberada al Museo el primer domingo de cada mes; además de las actividades de extensión: charlas, encuentros especiales y ciclos de cine.

“Teníamos una deuda con el público chileno. Anteriormente, para una familia era muy caro visitarnos. Esa fue la principal razón por la que elaboramos un nuevo tarifario, lo que ha dado muy buenos resultados: está viniendo muchísimo más público local y esperamos que con el tiempo esto vaya aumentando. En esta nueva etapa, soñamos con un público chileno y migrante mucho más masivo, pudiendo incluso duplicar a los turistas extranjeros. Debemos hacer todo lo posible para conectar a las personas con las raíces de Chile y América, porque esa es nuestra misión”, expresa Carlos Aldunate, director del Museo Precolombino.

Los resultados preliminares son asombrosos. Durante los primeros dos meses de marcha blanca, el público que ingresó al Museo incrementó en un 30%. Pero al mirar detalladamente esta cifra obtenemos que, en el mismo periodo, el público nacional y extranjeros residentes en Chile aumentó en un 85%.

Chile, Santiago y el Museo Precolombino albergan la raíz, riqueza y diversidad de nuestra historia. Los invitamos a redescubrir esta geografía sin límites donde todas y todos son bienvenidos.

Museo Chileno de Arte Precolombino, el corazón de América.

La historiadora que mira hacia el cielo

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Licenciada en Historia en la Universidad Católica y doctora en Historia con mención en Estudios Andinos en la Universidad Católica del Perú, Cecilia Sanhueza se ha especializado en estudios sobre culturas indígenas del norte de Chile, especialmente al interior de la actual Región de Antofagasta.

Hace más de 15 años que estudia los Caminos del Inca, acompañando las investigaciones del arqueólogo José Berenguer, curador jefe del Museo Precolombino. “Esto inició con un proyecto con José Berenguer el año 2000. Desde ahí, empezamos a encontrar una serie de materiales en el camino que fueron llamando mucho nuestra atención y yo me empecé a especializar en ciertos temas específicos. Así fue como terminé estudiando arqueoastronomía, que es lo que estoy haciendo actualmente”, cuenta.

¿Cuándo comienza tu vínculo con el Museo?

Desde que el Museo empezó, más o menos. Yo estaba en la universidad y era alumna de Carlos Aldunate y de José Luis Martínez, que trabajaba aquí también. Desde ahí empezaron los vínculos, porque empecé a participar en proyectos de investigación con ellos. He trabajado mucho sobre movilidad, sobre arrieros indígenas, sobre el periodo colonial, sobre el siglo XIX, no ha sido solamente el Camino del Inca, sino que es un recorrido bien amplio por la historia de la zona.

¿Cómo surgió la idea de realizar esta investigación? ¿Cómo llegaste a fijarte en particular en las saywas del desierto de Atacama?

El año 2003, estudiando el Camino del Inca de la región del río Loa, nos encontramos con dos saywas que estaban a ambos costados del Camino y que dibujaban una línea que seguía más allá, cruzándolo transversalmente. Supusimos que estábamos en presencia de algo bien significativo, pero no sabíamos qué. Lo interpretamos como una especie de deslinde o frontera, cosa que es efectiva, porque muy probablemente una de las funciones de las saywas era marcar fronteras, territorios. José Berenguer me dijo “bueno Cecilia, desde la etnohistoria ve qué puedes investigar sobre eso”. Yo pensé que no iba a encontrar nada, ¿qué material iba a encontrar en documentos que hablaran de estas columnas, de estas torres, que me pudieran dar alguna señal? Y, la verdad, es que encontré bastante más información de la que hubiese esperado. Estas columnas estaban descritas por varios arqueólogos, no sólo en este lugar sino también en otros lugares del Camino del Inca en la Región de Atacama, y eran consideradas indicadores de ruta en caso de que el camino se borrara. A raíz de eso, empecé a investigar sobre las columnas, a recorrer todo lo que se había publicado o dicho, que no era mucho tampoco. Sobre todo, empecé a trabajar con antiguos diccionarios del quechua y del aymara de los siglos XVI y XVII que llamaban a estas columnas saywas. Esos documentos me permitieron acercarme a la relación entre estos artefactos y el sistema astronómico del Cusco y entender que estaban asociados también con la astronomía. Ahí me di cuenta que saywa también era el nombre que se daba a las columnas astronómicas del Cusco. El Cusco estaba rodeado en sus afueras por columnas donde se medía el tiempo y se elaboraban los calendarios, se predecían los equinoccios, los solsticios, la época de la siembra, la cosecha, eran muy importantes. Lo interesante fue encontrar estos dispositivos en el Camino del Inca, o sea, fuera de las grandes ciudades, en lugares despoblados donde no había mayor movimiento aparente pero que fueron seleccionados por los Inca para instalar estas saywas astronómicas.

En los viajes a Vaquillas y Ramaditas: ¿qué significó para ti comprobar la función astronómica de las saywas?

En el caso de Ramaditas, había podido estar en una oportunidad antes pero estaba medio nublado, entonces, aunque se veía la salida del sol, se difuminaba mucho la luz y realmente no podíamos decir que estábamos completamente seguros de que el sol estaba alineado. Volvimos a Ramaditas ahora y pude vivir por segunda vez la experiencia, fue tremendamente emocionante. La que fue la más emocionante de todas fue la de Vaquillas: ahí se trata no del solsticio de invierno como en Ramaditas, sino del día del equinoccio. Íbamos con los dedos cruzados esperando que el lugar de las dos saywas centrales coincidiera con la salida del sol y así fue, coincidió perfectamente. Fue una emoción súper grande, el premio a muchos años de trabajo, de dedicación y de búsqueda.

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Momento exacto de la salida del sol en Vaquillas. ©ArminSilber

¿Qué propone tanto tu investigación como los estudios de camino sobre el concepto del “despoblado” de Atacama?

Para los españoles, la idea del despoblado se refiere a un lugar donde no hay aglomeraciones humanas, pueblos o aldeas, lugares donde no viven cantidades importantes de personas, porque eso es para ellos habitar un espacio. Por lo tanto, estas zonas donde no encuentras aldeas, donde no hay restos de asentamientos humanos más permanentes, para ellos es el fin del mundo, donde no existen riquezas, no se puede hacer agricultura ni ganadería. Sin embargo, en estos territorios hay una serie de otros recursos que son muy valiosos y que lo fueron también para los Inca y los españoles cuando los descubrieron, como la minería y la caza de animales silvestres, como la vicuña y el guanaco. Además, estamos hablando de culturas que tienden a sacralizar el entorno por el cual se desplazan. Por lo tanto, toda esa zona del despoblado estaba extremadamente sacralizada, sobre todo por las montañas sagradas de la Cordillera de Los Andes que rodeaban todas estas regiones. Es así como en lugares tan despoblados, un volcán como el Llullaillaco que tiene más de siete mil metros de altura, tiene un santuario incaico con ofrendas humanas. Eso significa construir un nuevo entorno, un nuevo paisaje, un nuevo territorio cargado de significados sagrados que para los españoles podría no significar tanto como para los indígenas.

O para los habitantes actuales del territorio.

Sin lugar a duda, de todas maneras todavía tiene ese mismo significado, aunque cada vez se está explotando menos debido a la falta de agua. Hay zonas en las quebradas donde todavía hay estancias, pequeñas casitas que la gente se construía cuando iba con su ganado y pasaba las temporadas de verano alimentándolo en riachuelos que todavía existen. Eso es un tesoro en este tipo de lugares. Eran lugares que sí eran habitables y habitados por las personas de las culturas andinas.

En Tocomar, si bien no fue posible comprobar la salida del sol por problemas climáticos, se encontraron piezas de basalto bajo las piedras derrumbadas. ¿Cuál es la importancia de este hallazgo?

Hasta el momento, casi todas las saywas que nosotros conocíamos estaban semi destruidas. En muy pocos casos bastante mantenidas, con una altura de 1.20 centímetros más o menos, como en Vaquillas o en Ramaditas, donde están bien conservadas. Como su parte superior es totalmente lisa, supusimos que en algún momento del ritual se ponía algo sobre ellas. Hubo una foto sacada por Tom Lynch, arquéologo norteamericano de los años noventa, donde aparecen saywas que tienen arriba una pieza lítica de distintos materiales. Las que nosotros encontramos son de basalto y estas se ponían sobre las saywas. Probablemente, la función de estas piezas tiene que ver con el momento mismo de la salida del sol, porque proyectan sombra al igual que la saywa misma. Seguramente estas piezas servían para marcar una linealidad en esa sombra, que hacía más precisa la observación de los movimientos del sol. Ahora, la mayoría de las veces se las robaron, se las llevaron, no han sido encontradas. Estas de basalto son las únicas que hemos encontrado en muchos años de investigación, por lo que tienen un valor muy importante.

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Pieza de basalto encontrada en Tocomar.

¿Cómo esta investigación aporta al cuidado y protección patrimonial las saywas?

Varias saywas estaban destruidas desde la época de los españoles porque eran idolátricas, estaban asociadas al sol y a todo un ritual considerado como demoniaco, por lo que muy frecuentemente los sacerdotes las destruían o instalaban cruces sobre ellas, para cambiar su significado religioso. Por una parte está ese problema inicial, el problema segundo son las intervenciones que pueda hacer la gente ahora, sobre todo cuando se descubra el significado astronómico que tienen. Todas las personas que vayan van a querer llevarse un recuerdito, llevarse una pieza de la saywa. El hecho de dar a conocer estos descubrimientos significa necesariamente tomar medidas de protección. Eso escapa absolutamente a mis posibilidades, entonces lo que estamos pensando en futuros proyectos es desarrollar un trabajo en conjunto con las comunidades y el Consejo de Monumentos Nacionales, todo lo que sea necesario para iniciar una política de protección donde las comunidades estén directamente involucradas.

¿Cuál fue la importancia de contar con un equipo multidisciplinario en esta investigación?

Fue fundamental. Yo estuve mucho tiempo trabajando las saywas antes de detectar que eran astronómicas, ya de por si tenían un montón de cosas bien interesantes. Cuando estaba trabajando en mi tesis de doctorado y empecé a sospechar que estaba frente a columnas astronómicas, tomé contacto con astrónomos de Alma y les hice las preguntas de rigor enviándoles todos los datos. Hice una ficha sobre cada una de las saywas, su ubicación, sus medidas, su orientación. Ellos colocaron esos datos dentro de un programa computacional, calculando en qué fecha el sol coincidía con la posición de las saywas. Yo les dije “busquen por el lado de los equinoccios y los solsticios, primero que nada, que sería lo más sospechoso”. Efectivamente, empezaron a encontrar que por la ubicación y la orientación que tienen, estaban alineadas con esos eventos. Fue una experiencia muy importante, me hicieron entrar en pie derecho y afirmar que mi hipótesis era la correcta y la que había que seguir. Los invité a terreno porque estaba en deuda con ellos y porque varios ojos y varias cabezas piensan mucho mejor que una. Así, podía haber un intercambio mucho más fluido entre lo que estábamos viendo y la forma de apreciar cada uno de estos fenómenos que tiene cada disciplina en particular. Los arqueólogos descubren ciertas cosas, ven ciertas cosas. Yo me he formado con arqueólogos pero también soy historiadora y trabajo mucho con documentos, fue a través de los documentos que pude llegar a esto. Y los astrónomos, por supuesto, entregan sus conocimientos astronómicos que son fundamentales. El trabajo multidisciplinario es el tipo de trabajo con el que hay que abordar estos temas de estudio.

¿Qué nos dicen los descubrimientos de esta investigación sobre el Camino del Inca?

Nos dicen que el Camino del Inca sigue siendo cada vez más complejo de lo que pensábamos. No es sólo un trazado que comunica un punto con otros más lejanos, sino que también cumple un rol simbólico y ritual tremendamente importante, porque cada vez que el sol salía por el lugar donde se encuentran estas saywas, debió haberse realizado algún tipo de ceremonial. El Camino del Inca es mucho más que un camino, es una vía de comunicación y transmisión de contenidos religiosos, ideológicos, rituales y ceremoniales, lo que se hace presente incluso en los lugares más apartados. Sobre las saywas, hay muchas cosas que todavía no sabemos. ¿Por qué están ahí, en pleno desierto? ¿Por qué, hasta el momento, no se conocen saywas en otros lugares del Camino del Inca? He presentado mis estudios en encuentros con especialistas del Camino del Inca y ninguno de ellos tiene conocimiento de haber visto algo similar. Puede ser una cosa propia del desierto de Atacama, que por alguna razón los Inca decidieron instalar las saywas ahí.

¿Tienes alguna hipótesis sobre ello?

Es muy probable que la decisión de instalar las saywas en el medio del desierto esté asociada con el establecimiento de fronteras, y situaciones políticas como esas tienen que ser ritualizadas. En la cultura andina todo es ritualizado, el quehacer cotidiano muchas veces está lleno de ceremoniales. Entonces, como buenos lugares de hito de fronteras, tenía que dárseles la connotación que merecían. En ese sentido, la presencia del sol, una de las principales divinidades de los Inca, en ese lugar donde se estaba estableciendo una frontera, era una forma de sacralizarlo con mayor poder y mayor fuerza. Esto nos dice que en zonas como el despoblado de Atacama hay fronteras aunque uno las distinga, pero la gente que conoce de allí sabe todos los recursos que hay, y por lo tanto, que es importante distribuirlos territorialmente. Por otra parte, el desierto de Atacama es una zona de frontera climática muy importante: hacia el sur comienza a desaparecer el invierno boliviano y empiezan a producirse las lluvias de invierno. Es muy posible que los Inca hayan tenido conciencia de que esa era una zona de frontera climática y por tanto las saywas de Vaquillas pudieron haber tenido mucha relación con marcar esa frontera en un punto donde efectivamente te das cuenta de que hasta la botánica empieza a cambiar. Ellos eran grandes observadores y tomaban mucho los conocimientos locales, es muy probable que la población atacameña local hacia milenios que sabía perfectamente que esa era una zona de frontera climática, entonces los Inca se apropian de ese discurso, lo hacen suyo y lo sacralizan a través de la presencia del sol.

Texto y foto principal: Oriana Miranda

Investigadores identifican calendario incaico en el desierto de Atacama

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Un equipo multidisciplinario compuesto por arqueólogos, historiadores, documentalistas y astrónomos comprobó la existencia de saywas astronómicas en el desierto de Atacama, bordeando el Camino del Inka.

A través de la sombra que proyectan sobre el suelo durante la salida del sol, las saywas, estructuras de piedra construidas por los inka, permiten identificar y predecir equinoccios, solsticios y otros eventos astronómicos.

La madrugada del 21 de marzo de 2017, el grupo de científicos liderados por Cecilia Sanhueza, investigadora asociada del Museo Precolombino, pudo constatar en terreno en la localidad de Vaquillas, a 4.200 metros de altura en la cordillera interior de Taltal, la exacta alineación de dos saywas centrales con el punto de salida del sol en el equinoccio de otoño. Posteriormente, al amanecer del 21 de junio en el sector de Ramaditas, junto a la quebrada del río Loa, el mismo equipo presenció la salida del sol en el solsticio de invierno perfectamente alineada a dos saywas de 1.20 metros de altura.

Ambas experiencias permitieron demostrar en terreno la hipótesis de que las saywas son marcadores astronómicos y están alineados con fechas relevantes del calendario inka.

“La alianza del Museo Precolombino con BHP / Minera Escondida y el Observatorio ALMA permitió la realización de esta investigación, que revela un aspecto muy desconocido del Camino del Inka. Para nosotros es muy importante todo lo que tenga que ver con la cultura precolombina en general y esto más aún, pues está dentro del actual territorio de Chile”, afirma Carlos Aldunate, director del Museo Precolombino. Las saywas, estructuras de piedra descritas por cronistas en documentos del siglo XVII y XVIII, no habían sido identificadas en otros lugares del Camino del Inka.

La investigación Navegantes del desierto: Cuando el cielo se inscribe en el camino se enmarca dentro de la alianza de colaboración que sostienen desde hace quince años BHP / Minera Escondida y el Museo Chileno de Arte Precolombino, con el propósito de contribuir al conocimiento y la difusión del arte y la cultura de los pueblos originarios.

“Está investigación tiene características que la hacen única y que fueron fundamentales para el éxito del proyecto. En primer lugar, su carácter interdisciplinario, ya que en la observación e interpretación de los hallazgos se unieron la investigación académica, el conocimiento ancestral y el mundo científico, aportando cada uno desde sus diferentes metodologías y perspectivas. En este punto es muy importante resaltar la participación de la antropóloga atacameña Jimena Cruz, que junto con su visión profesional contribuyó a la investigación desde la información que es parte de su acervo cultural. Por otro lado, es relevante destacar que se trata de un proyecto de investigación y que, como tal, requiere de tiempo para su desarrollo, y además sus resultados no están garantizados o derivan en otros aspectos que no fueron considerados originalmente. Aunque se trata de una línea diferente a lo que normalmente trabajamos con el Museo, es importante apoyar también y de esa manera continuar enriqueciendo el conocimiento sobre los pueblos originarios que habitaron este territorio y responder a tantas preguntas y misterios que quedan por resolver”, expresa Alejandra Garcés, directora de Comunidades & Asuntos Indígenas de BHP / Minera Escondida.

A través de la alianza con el Museo Precolombino y otras líneas de trabajo, BHP busca apoyar el empoderamiento social, económico y cultural de las comunidades indígenas cercanas a sus operaciones, así como construir una nueva forma de relacionamiento basado en los principios de buena fe, transparencia y respeto mutuo.

Incógnitas del desierto

El estudio de antiguos diccionarios quechua y aymara permitió a Cecilia Sanhueza, historiadora a cargo del proyecto, aproximarse a la relación entre las saywas y el sistema astronómico de los inka.

“El Cusco estaba rodeado por columnas donde se medía el tiempo y se elaboraban los calendarios, se predecían los equinoccios, los solsticios, la época de la siembra y de la cosecha. Lo interesante fue encontrar estas saywas astronómicas en el Camino del Inka, o sea, fuera de las grandes ciudades, en lugares despoblados sin movimiento aparente”, explica Cecilia Sanhueza.

El observatorio ALMA se involucró en el proyecto a través de sus astrónomos Sergio Martin y Juan Cortés, quienes pudieron constatar en terreno la increíble precisión con que podían predecirse fenómenos naturales mediante herramientas supuestamente primitivas usadas por la cultura inka hace más de 500 años. “Como astrónomo fue gratificante conocer estos verdaderos calendarios solares que son las saywas, porque demuestran que los pueblos precolombinos le daban tanta o más preponderancia al cielo que lo que podemos apreciar hoy”, afirma Juan Cortés. “Lo increíble es que no está lejos de la ubicación actual del Atacama Large Millimeter/submillimeter Array (ALMA), lo que reafirma que se trata de un lugar que ha sido y es clave para la observación astronómica”, agrega.

Esta investigación revela aspectos desconocidos del Camino del Inka y reafirma la idea de que el desierto de Atacama, lejos de ser un “espacio vacío”, fue y continúa siendo un lugar cargado de significados sagrados.

“Estamos tratando de contribuir desde el desierto de Atacama, desde el norte de Chile, al conocimiento del imperio incaico. ¿Por qué venían a este lugar tan despoblado, tan al sur, a edificar estas columnas de piedra? Ahí hay una pregunta fundamental. Estamos recién rompiendo la superficie de este problema para entender por qué la astronomía en estos espacios desérticos era tan importante para los Inkas”, asevera José Berenguer, curador jefe del Museo Precolombino y uno de los arqueólogos de la investigación.

Cecilia Sanhueza y José Berenguer expondrán sobre los resultados de la investigación Navegantes del desierto: Cuando el cielo se inscribe en el camino en el V Festival de Ciencia Puerto de Ideas Antofagasta, el 15 de abril a las 16:30 hrs. El informe final estará disponible próximamente en precolombino.cl.

 

Fotografía: ©Pepcandela

“Una mirada desde el buen vivir”: 43 familias del altiplano peruano son retratadas en conmovedora exposición

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Las vidas, quehaceres y afectos de 43 familias del altiplano de San Miguel de Alpaccollo en Puno, Perú, serán transportadas a los transeúntes del Portal del Museo Precolombino en la exposición Una mirada desde el buen vivir.

La muestra documental se compone de 27 fotografías de Marcelo Arriola, que forman parte del proyecto “SUMAK KAWSAY” “KUME MOGEN” “Construyendo caminos de soberanía y seguridad alimentaria con identidad cultural”.

La iniciativa, implementada desde septiembre de 2016, es una invitación a escuchar al otro desde una cotidianeidad marcada por el sentido profundo de lo comunitario, lo que se refleja no solo en los cultivos sino también en la ritualidad y celebraciones que le acompañan. Con ella, además, se promueve el diálogo y se fortalecen los saberes de crianza, lo que incrementa las posibilidades de soberanía y seguridad alimentaria de las familias.

“Con esta exposición, el Museo ofrece un quiebre en la realidad cotidiana de las miles de personas que pasan por su Portal diariamente. Es una invitación a darse cuenta y reflexionar que esta sociedad en que vivimos no es la única posibilidad. Las fotografías de Marcelo Arriola abren una puerta a darnos cuenta de otras formas de relación con el ambiente y con las personas. En la inmensidad del altiplano, los seres humanos siguen viviendo como lo hicieron siempre, en armonía con la naturaleza y trabajando en comunidad para su subsistencia. Uno de los objetivos del Museo es que las personas conozcan la riqueza de los pueblos americanos, que sus maneras de vivir y de entender el mundo no se extinguieron con la invasión europea, por el contrario, siguen vivas en muchos pueblos y lugares del continente. Esta exposición nos enseña que aún es posible vivir y trabajar comunitariamente y lo hace con una fotografía profunda y hermosa”, afirma Claudio Mercado, jefe del área de Patrimonio Inmaterial del Museo Precolombino.

Marcelo Arriola, fotógrafo de la exposición, pasó más de dos meses conviviendo con las 43 familias involucradas en el proyecto, experiencia marcada por el cariño, la gratitud y la cordialidad. “Mi trabajo fotográfico tiene que ver con cómo ellos se sienten viviendo en la montaña, cómo transitan su cotidiano con alegría, con un interés comunitario hacia los otros, cómo es la comunidad, cómo van desarrollándose a medida de todo lo que les hace falta. Es un trabajo comunitario y se ve perfectamente cómo lo realizan y lo van compartiendo en sus asambleas, junto a los problemas que van encarando día a día. Eso es lo que he plasmado en las fotos, la belleza en la que viven envueltos continuamente”, expresa.

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Marcelo Arriola y la comunidad aymara de San Miguel de Alpaccollo.

Este proyecto, implementado por Corparaucanía, cuenta con el apoyo de Fondo Chile, iniciativa conjunta de la Agencia de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AGCID) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

“Para la AGCID es muy importante participar de esta iniciativa en Perú, ya que a través del trabajo que realiza Corparaucanía, gracias al Fondo Chile en alianza con el PNUD, llevamos la Cooperación Sur-Sur a terreno, y de forma descentralizada, entre nuestra Región de La Araucanía y la Provincia de Puno. Además, lo hacemos de forma sostenible, junto a las comunidades de un país latinoamericano y a la vez tan cercano, eje esencial de nuestra Política de Cooperación Internacional”, asevera el Embajador Juan Pablo Lira, Director Ejecutivo de AGCID.

Daniel Schmidt, presidente de Corparaucanía, añade que “la oportunidad que nos ha brindado Fondo Chile para participar en contextos de interculturalidad nos permite valorar nuestra experiencia regional como entes articuladores entre lo público y lo privado, marcando además, un hito en cooperación internacional para nuestra institución. La cotidianidad en el altiplano no deja de sorprendernos, nos habla de autonomía, austeridad, de un diálogo permanente, de mucho respeto con el otro, de saberes ancestrales que se siguen cultivando y que acompañamos con especial dedicación desde La Araucanía. La muestra fotográfica sorprende y cautiva, en cada una de sus fotos”.

La exposición Una mirada desde el buen vivir estará disponible de manera gratuita en el Portal del Museo Precolombino (Bandera 361, Santiago).

Marcelo Arriola: “Esta exposición es un reflejo de cómo una comunidad vive de su tierra”

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Marcelo Arriola es fotógrafo independiente, especializado en lo social y cultural. Después de trabajar en la dirección de arte de cine y publicidad en Barcelona, decidió dedicarse tiempo completo a su verdadera pasión: la fotografía, lo que lo llevó a viajar por Europa, África, Asia y América Latina y a ingresar a la carrera de Antropología en la Universidad Nacional de Córdoba, con el objetivo de profundizar sobre el valor documental de las imágenes.

En una visita a la Escuela Intercultural Trañi-Trañi en Temuco conoció al antropólogo Eduardo Pino, coordinador del equipo de Corparaucanía. Ahí nació la invitación que lo hizo formar parte del proyecto “SUMAK KAWSAY” “KUME MONGEN“Construyendo caminos de soberanía y seguridad alimentaria con identidad cultural”, iniciativa conjunta de la Agencia de Cooperación Internacional de Chile (AGCI) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que trabaja con 43 familias de la comunidad aymara de San Miguel de Alpaccollo en Puno, Perú.

En Una mirada desde el buen vivir, su primera exposición en Santiago, Marcelo captura la experiencia de más de dos meses de convivencia en el altiplano, marcada por el cariño, la gratitud y la cordialidad.

¿Cómo comenzaste a interesarte por la fotografía?

Mi hermano mayor era aficionado a la fotografía. Cada vez que se iba, dejaba su cámara en su habitación y yo iba y se la robaba y jugaba a ser fotógrafo. Con el tiempo tenía mi cámara propia, estaba estudiando cine en Bacelona y los tiempos libres que tenía los aprovechaba para salir y viajar por cualquier parte tomando fotos. Hasta que me di cuenta de que quería que eso se trasladara a algo más cotidiano, no que tuviera pequeños hitos después de cada proyecto. Llevaba más de nueve años trabajando en el departamento de arte de películas y en publicidad y tomé la decisión de dejar eso para conectarme con las fotos.

Tus fotos están basadas en las personas y en su cotidianidad. ¿Cómo fuiste creando tu mirada fotográfica?

Viene del hogar. Lo social, dentro de mi familia, está súper marcado. Mi padre es adoptivo y siempre quiso hacer lo mismo hacia otros niños. Durante más de 20 años nos proponía a nosotros, sus hijos, que fuéramos a compartir momentos con niños distintos, hasta que en un momento uno de esos niños se quedó a vivir con nosotros. Lo social siempre ha estado, la mirada puesta en el otro, en qué necesita el otro para estar mejor, para tener un mejor pasar. Eso me abrió una ventana y me ha brindado aire fresco, completamente. A partir de ahí, en los 11 años que radiqué en Barcelona, me di cuenta de que allí había muchísimos temas que atravesaban lo social. Había fábricas ocupadas en las que me metía para saber qué pasaba con esas personas en esos momentos en que quizás estuvieron juntando chatarra en la calle. Y en los viajes, comenzó a despertarme muchísimo interés la posibilidad de compartir experiencias con personas que viven en otros entornos culturales, que su cotidiano era completamente diferente. Relacionarme con el otro ha sido mirarlo como una fuente de conocimiento, pensando siempre en qué podemos aprender del otro.

¿Cuánto tiempo pasaste en Puno y cómo fue esa experiencia?

En la primera instancia me quedé dos meses viviendo en la comunidad, a 3.850 metros de altura, con 43 familias. Luego, durante el año, estuve regresando en varias oportunidades y compartiendo más tiempo. Fue una experiencia increíble, siento que tengo 43 familias en el altiplano. Cada vez ha sido más bello el contacto con ellos, nos escribimos, varias posibilidades se han dado para que me elijan de padrino las familias, tenemos una cercanía realmente muy sana. Los acompañé en todas sus tareas cotidianas, no como un investigador ni nada sino que viviendo como se vive en el altiplano, siendo un compañero de sus momentos y compartiéndolos con ellos, yendo al cerro, buscando a los animales. Yo trabajaba con mi cámara en todo lo que era su cotidiano, sus momentos de siembra, de cosecha, en el pastoreo con sus animales, los niños como ejercen su tarea después que vienen del colegio, como ayudan a sus papás en el campo. Me integré completamente y eso siempre se recibió muy bien. Hubo un periodo, obviamente, en que yo era un completo extraño y no venía nadie a visitarme. Al principio me costaba un montón entrar y hacer una foto, porque en esa foto no se veían las cosas que a mí me gusta ver. Era una imagen más dura, si no sabían ni quién era yo. Y claro, después con el tiempo, me iba a jugar el fútbol con ellos, participaba en todo, en las asambleas quincenales, en los cumpleaños, el aniversario, bailaba, estaba dentro del programa de la comunidad. Era uno más. Soy una persona que se entrega a todo y creo que cuando uno tiene esta particularidad de ser así, sensible, e interesarse por el otro, en un momento dado se abren todas las posibilidades y las puertas.

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Marcelo y la comunidad aymara de San Miguel de Alpaccollo.

¿Qué fue lo que más te llamó la atención sobre las vidas de estas 43 familias aymara y cómo se refleja en tus fotos?

Lo que más me llama la atención de poder compartir con ellos es la simpleza con la que viven. Es gente muy trabajadora, que mantiene un conocimiento ancestral de la tierra desde épocas de sus abuelos. Son familias que viven con una austeridad impresionante y que tienen una sonrisa continuamente, te hacen sentir que la vida en el campo es distinta. Uno vive en la ciudad que tiene otras connotaciones, pero cuando permaneces en estos lugares, acompañado de estas personas, logras ver que con lo que tienen están súper bien. Para mí fue un antes y un después el contacto, la información que he tenido de todo lo que ellos me enseñaban. Mi trabajo fotográfico tiene que ver con eso justamente, con como ellos se sienten viviendo en la montaña, con recursos escasos, como transitan su cotidiano con su alegría, con su interés comunitario hacia los otros, como es la comunidad, como van desarrollándose a medida de todo lo que les hace falta. Ellos tienen su propio presidente, su propio teniente, se va rotando la seguridad de la comunidad, van paseando por todos los cerros viendo que no ingresen de otras comunidades con animales o que no ande gente tomando cosas que no les corresponden. Es un trabajo comunitario y se ve perfectamente como lo trabajan y como van compartiendo en sus asambleas los problemas que van encarando día a día. Eso es lo que he plasmado en las fotos, la belleza en la que viven envueltos continuamente.

¿Cómo dirías que este trabajo se vincula con otros que has realizado?

Es muy diferente, porque si bien las imágenes que he estado haciendo anteriormente tienen una connotación social, como esta fábrica ocupada en España, normalmente trabajo un poco los espacios en mi mirada personal y con los pueblos originarios, salvo con la escuela mapuche en Temuco, otro trabajo no había hecho. Esto es un antes y un después, porque me va a brindar herramientas y conocimientos para saber dónde hacer un mejor foco. Tengo ganas de continuar y de seguir desarrollando cosas que tengan que ver con Latinoamérica. Amo Latinoamérica y en Argentina no estoy haciendo tantas cosas como aquí en Chile, entonces hay algo que le debo al país, a la gente, y me gustaría poder enfocarme en eso.

¿Qué esperas sobre la recepción del público?

Me gustaría que las personas aprendieran de cómo se organiza esta comunidad. Creo que ellos son un reflejo de cómo una comunidad vive de su tierra, cría a sus animales, desarrolla a sus niños, porque los niños estudian pero también están ayudándole a la par a los adultos en la siembra, en la cosecha. Es un aprendizaje enorme de cómo puede vivir una comunidad aymara a 3.850 metros de altura, cómo organiza su sistema social, su sistema legal y cómo eso cada uno lo puede tomar como propio. Y poder exhibir en un espacio como el Precolombino, donde se cuidan las culturas, es una bendición enorme. Espero que las personas puedan visitar la exposición y llevarse ese conocimiento de este pueblo que vive en una simplicidad enorme pero que tiene un corazón muy grande y que a mí me ha tratado como si fuese un hijo.

La exposición Una mirada desde el buen vivir se exhibirá en el Portal del Museo Precolombino (Bandera 361, Santiago). Entrada liberada.

Entrevista y foto: Oriana Miranda

La mirada de Claudio Pérez

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“Le tengo pánico a los vuelos porque tengo miedo de desaparecer”, dice Claudio Pérez, todavía con desasosiego, en su departamento en el centro de Santiago. Su trabajo como fotógrafo comienza con la dictadura, los detenidos desaparecidos y la denuncia de las violaciones a los derechos humanos. En ese contexto surge el proyecto El amor ante el olvido, una serie de fotografías de madres portando las fotos de sus hijos desaparecidos.

Pese al miedo, Claudio se embarcó en cuatro viajes y cuatro internaciones (Arica interior, Iquique interior, Antofagasta interior y Copiapó interior) para fotografiar el Camino del Inca en el desierto de Atacama. El resultado de aquel trabajo es Qhapaq Ñan – Atacama, exposición que, luego de su paso por el GAM, se exhibirá en el Museo Precolombino entre el 22 de junio y el 15 de agosto.

¿Por qué surgió el interés de registrar el Camino del Inca?

El norte es una gran pasión. Siempre he estado física, mental y visualmente atraído por el norte, por el desierto. Es un lugar mágico, un lugar para encontrarse consigo mismo. Además, hoy tengo familia en el norte: mi compadre Mario Mamani Ramos y mi comadre Norma Mamani Mamani me pidieron ser el padrino de su hija Constanza. Ya es una cuestión familiar, y para un fotógrafo que una comunidad indígena te abra las puertas y te quiera, es un honor, yo no tengo más que agradecerles.

Cuando el Qhapaq Ñan se declaró patrimonio de la humanidad yo dije tengo que hacer algo con esto. Presenté un proyecto Fondart para hacer un registro fotográfico documental de estos lugares. El proyecto fue aprobado y duró dos años (2016 y 2017). Como fotógrafo, uno siempre tiene esta cosa del viaje, de lo desconocido, de verlo con los propios ojos y documentarlo, certificar. Con un pequeño clic tú constatas, dejas un documento. Eso es invaluable, en cien años más este registro va a tener otro valor, o en 50 o en 10. Yo soy de la escuela de ir a buscar, indagar, sentir, oler, pisar con los pies, como decía Roland Barthes, dejar un certificado de presencia. Y estaba esta idea de caminar el desierto, toda esta aventura del hombre. No era San Pedro de Atacama con todas las comodidades que hay hoy día. Nosotros recorrimos el despoblado de Atacama, donde no hay pueblo, no hay nada, no hay ni moscas. Nos metimos donde no hay nada ni nadie. Teléfono satelital en una camioneta con muchos repuestos, con mucha bencina, porque si te quedas ahí el próximo habitante lo encuentras a 150 kilómetros. Caminando, te mueres. Era una aventura, una exploración, un viaje a lo desconocido para pensar en lo que el chaski, mensajero de los inca, veía. Los chaskis venían de Cusco hasta el Maule, e iban haciendo postas: cada 25 kms. se cambiaban y se pasaban los quipus donde llevaban las cuentas y los recados. Esta aventura en la selva, en Machu Pichu, era mucho más agradable; los caminos siguen intactos allá porque los siguen usando y porque hay agua, hay selva de altura, frutos. Pero en el desierto de Atacama no hay nada.

¿Qué significó para ti fotografiar desde la mirada del chaski?

Lo más importante es que tenemos tanto que aprender de las otras culturas. Que nosotros, el mundo blanco occidental, no le agradecemos a nada ni a nadie. El viaje, la comunión, el compromiso, como dice mi compadre, la reciprocidad, hoy por ti mañana por mí. Devolver la mano. La cosmovisión andina tiene mucho de eso. Y también ver que están totalmente abandonados. Todo lo que se prometió con el Qhapaq Ñan famoso, de todo lo prometido, no existe nada. ¡Nada! Todos prometieron el cielo y la tierra; de Socoroma hasta Peine, las comunidades tienen el mismo relato. Ellos abrieron las puertas, les dieron información a los arqueólogos, a los geógrafos, a todos los que hicieron la investigación para presentarse por el lado chileno ante la Unesco y que el Qhapaq Ñan fuese declarado patrimonio de la humanidad. Ellos les dieron toda la información, los llevaron donde están los caminos, les mostraron, compartieron, ingenuamente tal vez, con la promesa de que se iban a limpiar los caminos, a hacer un circuito turístico que ellos iban a manejar. Hasta el día de hoy no hay nada. Entonces yo llegaba a las comunidades y me decían pero para qué viene, si los que vinieron ya no vinieron más. Este país sigue la misma política de siempre: el abandono; ellos siguen siendo prometidos y abandonados. Mi deber es trabajar con la memoria de este país y esto hace parte de la memoria de este país y de la humanidad.

¿Cómo se refleja la cosmovisión andina y, al mismo tiempo, la modernidad en tus fotos?

Tiene que ver mucho con el imaginario de uno, con todas las cosas que uno lleva dentro. Pero también creo que está marcado el color, el color da un quiebre, la contemporaneidad, porque hay fotos que parecen antiguas aunque son de este año. Por ejemplo, aparece una tumba rosada, color magenta. Es fantástica, kitsch. Eso es maravilloso para uno, un trabajador visual, uno que ve y con ello interpreta el mundo. Hay también una animita que es un auto. Por otro lado, están ellos bailando arriba de las tumbas en una ceremonia, en el cementerio, porque en cada fiesta ellos van a agradecerles a los antiguos y a estar con ellos, con sus abuelos, tocando, cantando, tomando cerveza, dándole a la Pachamama. Nosotros no hacemos eso.

¿Con qué se encontrará el público en la exposición Qhapaq Ñan – Atacama?

La cosa no es hacer buenas fotos, la cosa es hacer un buen relato. Ahora, si hay buenas fotos y un buen relato, fantástico. Esta exposición se divide en cinco relatos. En el primero, hay retratos que van desde las cejas hasta la mitad de la boca, en un cuadro cerrado. Es la mirada del chaski moderno, el de hoy, los herederos de la mirada de los antiguos. Antiguamente la iglesia católica, más los españoles y los gobernantes chilenos de la época, le cortaban la lengua a los indígenas para que no hablaran sus lenguas y se dijeran cosas. Ese es un poco el simbolismo de estos retratos. Ellos nos miran, nos siguen mirando, nos enfrentan y nos interpelan, a nosotros los blancos occidentales acomodados. En medio de los retratos va a haber unas cartografías aéreas: líneas en el desierto, marcas que tomé desde el avión. En otra pared habrá fotografías panorámicas en blanco y negro, que hablan del camino, la arquitectura y los cerros. Al centro de esta sala junto a mi compadre Mario Mamani que vive en la frontera entre Bolivia e Iquique, vamos a construir una apacheta de un metro y medio de altura. Frente a ella habrá un muro con fotografías del mundo andino: ceremonias, lugares extraños, lugares que por donde uno pasara había cosas locas, modernas, mezcladas con ceremoniales del mundo andino. El sincretismo religioso del mundo andino, esta cosmovisión del lugar. Atrás de ese muro se va a proyectar un documental de 10 minutos sobre la aventura que hicimos al despoblado de Atacama. El relato de esa película se está haciendo en quechua, que es el idioma oficial de los incas, y no va a haber subtítulos en español. Lo vamos a dejar en español escrito en las paredes, para que la gente que quiera saber vaya a leerlo. Esa es la exposición, pero en la parte de arriba va a haber grandes mapas, que son los que el geógrafo de nuestro equipo rayó, y vitrinas que contienen piedrecitas y cosas del mundo andino.

La mirada de Raúl Molina

Raúl Molina, geógrafo y doctor en Antropología, fue parte del equipo de exploradores del desierto, desempeñándose como guía en terreno e intérprete de los caminos. Además, es autor de los dibujos de campo y mapas que serán visibles en la exposición Qhapaq Ñan – Atacama.

¿Cuál fue el principal desafío de recorrer el Qhapaq Ñan?

En el norte, entre Socoroma y Collahuasi, regiones de Arica-Parinacota y de Tarapacá, muchas veces tuvimos que buscar fragmentos del camino inca. Allí, el camino que unía tambo con tambo, estaba borrado por el desuso y/o la acción de las lluvias altiplánicas, el viento y la colonización vegetal. Otras veces, en pequeños tramos, presentaba reutilizaciones coloniales, como caminos troperos y mejoras recientes, no era diáfano su diseño como las descripciones clásicas que se conocen del Qhapaq Ñan. El camino era más difuso y los textos arqueológicos a veces no eran precisos para encontrar algunos tramos, debido a la escala de los mapas de representación. Sin embargo, en el Alto Loa, el Salar de Atacama y el despoblado de Atacama, el camino del inca era observable, la impronta de sus huellas estaba bien marcada y su recorrido fue favorecido por reconocimientos y estudios anteriores realizados por miembros del equipo para casi toda su extensión. Esto permitió llegar hasta sus coordenadas, aunque a veces la geografia y la topografia nos deparaban algunos extravíos o simplemente la luz del sol sobre nuestras cabezas nos escondía el camino, que se apreciaba con hendiduras y bien marcado a horas de la mañana y especialmente al acostarse el sol.

Quizás, el mayor desafío como expedición fotográfica fue recorrer entre Copiapó y Peine, los casi 450 kilómetros del despoblado de Atacama, desierto pleno. Este tramo en su mayor parte lo hicimos acampando en pleno desierto, bien provisionados de agua, abrigo y combustible y acompañados de numerosa cartografía topográfica, que nos permitió adivinar donde estábamos y que rumbos seguir. Estos instrumentos fueron esenciales para las navegaciones, muchas veces adentrados en partes ignotas. El viaje por el camino  del inca en el despoblado de Atacama lo dividimos en dos expediciones: la primera de Copiapó hasta el Tambo Cachiyuyito, al norte de El Salvador, y la segunda desde Tambo Cachiyuyito hasta Peine. Fue entonces cuando nos adentramos al corazón y el estómago del desierto de Atacama, por parajes solitarios y mayormente desconocidos para muchos.

En esta exposición, ¿qué se refleja tanto de su mirada como de la mirada de los chaskis hace cientos de años?

La mirada del chaski y la que vimos, -que Claudio refleja en la fotografía y yo en los dibujos-, quizás no ha variado sustancialmente en la geografía. Allí, el camino inca traza su huella por un paisaje de características muy similares al de la actualidad: el desierto, las pampas y llanos, las laderas de serranías y quebradas telúricas profundas, los relieves geológicos cuyos cambios son imperceptibles para el ojo humano. El inca vio allí una geografía sacralizada, los cerros les sirvieron para la capacocha y las cumbres de los volcanes, para ofrendas. También vio los andenes y el riego funcionando y la mano de obra indígena trabajando en los centros mineros y fundiciones. Organizó el espacio y la mano de obra local o trasladada, en la mita minera, la agricultura y la ganadería. Quizás, donde existió un tambo para reponer las fuerzas y el alimento, hoy vimos tambos modernos como los restaurantes camineros en Zapahuira. Donde el inca estableció centros mineros, hoy vemos grandes tortas de desecho de mineral, como en El Salvador, y donde tuvo grandes producciones de alimentos, vemos zonas rurales despobladas y cultivos abandonados. El Camino Inca se conserva de muy buena manera en tramos largos y distantes, en otros motoniveladoras lo usaron como línea para hacer un camino ancho para empresas mineras. En siglos anteriores quedaron sobre este las huellas anastomosadas de los arreos de animales a las salitreras. Pero también, encontramos tramos prístinos muy bien conservados y casi intactos a lo largo del desierto.

El trabajo fotográfico del camino del inca fue un desafío importante para cada uno de los integrantes del equipo. Claudio buscó la luz de la madrugada, la luz del atardecer, la del medio día y la que proyecta la luna cuando está en el zenit para hacer las fotografías. En mi caso busqué registrar momentos y paisajes con el dibujo y la acuarela, trate de capturar la inmensidad del desierto y el trazado del camino incaico. En la fase final contamos con la valiosa compañía de Mario Mamani, quien compartió la amistad y manejó en complicados caminos de parajes del desierto. Mamani, en los Hitos o Mojones de Vaquillas, realizó la ceremonia final de pago a los cerros y la tierra, agradeciendo la protección y compañía del desierto. Con ella, concluimos el trabajo fotográfico y los registros a lápiz.

Entrevista y foto: Oriana Miranda

Taller de Telar de Cintura Andino

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Con motivo de la exposición temporal Taira, el amanecer del arte en Atacama, en este taller se aprenderá a utilizar el telar de cintura, la milenaria tecnología andina para el tejido

Esta iniciación en telar de cintura permitirá a sus participantes seguir tejiendo piezas de diseños simples, además de ser una base para continuar explorando en técnicas avanzadas como brocados, ikat, laboreos de urdimbre y gasas. Se realizará todo el proceso: diseñar, armar lizos, tejer y hacer terminaciones, para tejer un cinturón, que es desde donde se ancla el tejedor al telar.

El taller de Telar de Cintura Andino será impartido por María Patricia Romero, experta en rescate de técnicas textiles tradicionales, y está basado en investigaciones etnográficas realizadas en México y Perú, donde a partir del uso continuo de esta tecnología se han logrado piezas de gran belleza y complejidad.

Cupos: 10 personas (máximo)
Dirigido a: todo público mayor de 15 años, con interés en tejidos tradicionales, con o sin conocimientos previos. Es recomendable no tener lesiones en la espalda
Fechas y horarios: Sábado 7 de abril de 14:00 a 18:00, 14, 21 y 28 de abril de 15:00 a
18:00.
Duración: Cuatro sesiones
Valor: $80.000 por persona. Incluye materiales, inscripción a la biblioteca del Museo por un año y certificado de participación
Consultas: Carla Díaz al correo cdiaz@museoprecolombino.cl

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