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Qhapaq Ñan – Atacama: Un recorrido visual por el Camino del Inka

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Más de cincuenta imágenes, mapas, objetos y un registro documental integran la exposición Qhapaq Ñan – Atacama del destacado fotógrafo chileno Claudio Pérez, que se exhibirá desde el 22 de junio hasta el 15 de agosto en el Museo Chileno de Arte Precolombino.

Durante dos años, Claudio Pérez junto al geógrafo Raúl Molina se embarcaron en cuatro viajes y cuatro internaciones (Arica interior, Iquique interior, Antofagasta interior y Copiapó interior) para fotografiar el Camino del Inka en el desierto de Atacama. El resultado de aquel trabajo es Qhapaq Ñan – Atacama, exposición que retrata territorios, arquitecturas, ritos y rutas del presente y del pasado.

“El norte es una pasión. Siempre he estado física, mental y visualmente atraído por el norte, por el desierto. Para este proyecto, tuvimos la idea de recorrer el Despoblado de Atacama porque no hay pueblo, no hay nada ni nadie. Era una aventura, un viaje a lo desconocido para permitirnos pensar y tratar de sentir imaginariamente lo que los chaskis, mensajeros inkas que venían desde Cusco, veían”, explica Claudio Pérez.

“La mirada del chaski y la que nosotros vimos no ha variado sustancialmente en la geografía. Quizás, donde existió un tambo para reponer las fuerzas y el alimento, hoy vimos tambos modernos como los restaurantes camineros en Zapahuira. Donde el Inka estableció centros mineros, hoy vemos grandes tortas de desecho de mineral y donde tuvo grandes producciones de alimentos, vemos zonas rurales despobladas y cultivos abandonados”, afirma Raúl Molina, geógrafo y parte del equipo de Qhapaq Ñan – Atacama.

El camino del Inka o Qhapaq Ñan es una enorme red de caminos que los inkas extendieron por más de 30 mil kilómetros para unir centros administrativos y ceremoniales.  La ruta ha sido usada por mensajeros, ejércitos, pastores con llamas y caravanas con mercancías. Hoy el Qhapaq Ñan atraviesa nuevas fronteras, en un territorio donde el presente dialoga con la ancestral cosmovisión andina.

“Desde hace tiempo el Museo Chileno de Arte Precolombino viene tendiendo puentes entre el arte precolombino y las manifestaciones de los artistas visuales contemporáneos chilenos, abriendo espacios para exposiciones temporales que expresen esta conexión. Dentro de esta misión se integra esta exposición de arte fotográfico, que da una nueva mirada al tema del Camino del Inka pues involucra en su trayecto a los pueblos originarios del norte de Chile, herederos de ese patrimonio cultural. El año 2016, cuando el Museo decidió darle el patrocinio a este proyecto FONDART, siempre se pensó que esta exposición tenía que presentarse aquí, porque tiene mucha vinculación con nuestro quehacer”, afirma Carole Sinclaire, arqueóloga y curadora del Museo Chileno de Arte Precolombino.

La exposición Qhapaq Ñan – Atacama es presentada y patrocinada por el Museo Chileno de Arte Precolombino. Cuenta también con el patrocinio de Patrimonio Cultural de Chile y los auspicios de FONDART/Convocatoria 2016 del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, R&Q Ingeniería y Galería Casa Negra. Este proyecto está acogido a Ley de Donaciones Culturales. Colaboran EKHO Gallery y LOM Ediciones.

 

Coordenadas:

Exposición temporal: Qhapaq Ñan – Atacama

Lugar: Museo Chileno de Arte Precolombino (Bandera 361, Santiago)

Fecha: Del 22 de junio hasta el 15 de agosto.

Horario: Martes a domingo de 10 a 18 horas. Ingreso sugerido hasta las 17.30 horas.

Precios: Chilenos y extranjeros residentes: $1.000, estudiantes chilenos y extranjeros residentes: $500, turistas extranjeros: $6.000, estudiantes extranjeros: $3.000. Entrada liberada primer domingo de cada mes. Entrada liberada para niñas y niños hasta los 10 años. Entrada liberada a estudiantes de enseñanza básica y media, acompañados de su profesor. Entrada liberada a personas pertenecientes a uno de los nueve pueblos originarios reconocidos por el Estado. Entrada liberada a socios del Club Barrio Santiago. Entrada liberada a funcionarios de la Municipalidad de Santiago. Entrada liberada para trabajadores de museos públicos y privados.

Ciclo de cine Santiago Originario: Celebrando el mes de los pueblos indígenas

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Del 25 al 29 de junio, no te pierdas el Ciclo de Cine Santiago Originario, organizado por la Oficina de Pueblos Indígenas de la Municipalidad de Santiago y el Museo Chileno de Arte Precolombino.
En cinco días serán exhibidas seis películas y documentales de los pueblos Quechua, Aymara, Selk’nam, Rapa Nui y Mapuche, seguidas de un conversatorio.
Programación:

Lunes 25: Pueblo Quechua

Toro Pucllay: el juego del toro (41′) e Identidad y tejido: los Jall’qa (22′)

Martes 26: Pueblo Aymara

Nube de lluvia (54′)

Miércoles 27: Pueblo Selk’nam

Yikwa ni selknam (Nosotros somos los selknam) (52′)

Jueves 28: Pueblo Rapa Nui

Mahana o te re’o Rapa Nui (Día de la lengua Rapa Nui) (30′)

Viernes 29: Pueblo Mapuche

Ragin epu mapu (Entre dos mundos) (35′)

Te esperamos desde las 18.30 horas en Bandera 361, Santiago. Actividad gratuita con cupos limitados hasta completar la capacidad del recinto.

¡Ven a celebrar con nosotros en el corazón de América!

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Este jueves 14 de junio a las 18.30 horas, el Museo Chileno de Arte Precolombino te invita a descubrir la belleza de las exposiciones Chile antes de Chile y América Precolombina en el Arte en una visita nocturna, a compartir un vino navegado de honor y a disfrutar de la música de Gepe.

Porque una nueva etapa merece una nueva cara, la de una América diversa y sin fronteras.

Bienvenidos al Museo Chileno de Arte Precolombino, el corazón de América.

Bandera 361, Santiago | 18.30 a 21 horas | Entrada liberada

 

Taller de tocados andinos

La vestimenta en la sociedad prehispánica fue un símbolo de cultura y un vehículo privilegiado para comunicar distintos aspectos del mundo social, político y religioso. Dentro del atuendo, los tocados tuvieron particular importancia ya que, más allá de su fin práctico u ornamental, se utilizaron para destacar al individuo, realzando la cabeza, considerada el punto más visible y relevante del cuerpo.

Los tocados son un arte en sí mismo, ya sea por las tecnologías empleadas en su confección, como por sus cualidades estéticas o la capacidad que tienen de investir a sus usuarios con valores distintivos.

En el taller de tocados andinos, impartido por la profesora María Patricia Romero, confeccionaremos dos tocados que continúan en uso, utilizando técnicas de cordelería, borlas, tulmas, embarrilados y trenzados. Estos objetos textiles podrán ser utilizados por los participantes del taller para la vida diaria, no sólo para vestir la cabeza sino también como collar, cinturón, pulsera o cualquier uso ornamental.

Cupos: 15 personas (máximo)
Fechas y horarios: sábado 16 de junio de 14:00 a 18:00 y sábado 23 de junio de 15:00 a 18:00
Duración: dos sesiones, 7 horas totales.
Valor: $42.000. Incluye materiales, inscripción a la biblioteca del Museo por un año y certificado de participación.
Consultas: Carla Díaz al correo [email protected]

 

CUPOS AGOTADOS

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Taller de trenzas bolivianas

Las tecnologías textiles de los pueblos del altiplano boliviano son de un gran valor por su excelente manufactura y colorido. Entre ellas, la de trenzado es una de las más hermosas. El objetivo de este taller es aprender distintas trenzas con variadas figuras y combinación de colores.

Profesora: Susan Herz Quito
Cupos: 15 personas máximo
Fechas y horarios:
sábado 16 de junio de 10:00 a 14:00 y sábado 23 de junio de 10:00 a 13:00.
Valor: $42.000. Incluye materiales, inscripción a la biblioteca del Museo por un año y certificado de participación.
Consultas: Carla Díaz al correo [email protected]

CUPOS AGOTADOS

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Jorge Santiago Matías, historiador: “La población maya sigue luchando por su dignificación”

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Este jueves, viernes y sábado, el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos presenta la Saga de la Resistencia: 35 años, tres películas, una sola historia, ciclo en que se exhibirán los tres documentales de Pamela Yates sobre el genocidio de los pueblos indígenas en Guatemala.

“Guatemala es un país de belleza y patetismo, de coraje y miedo, donde una mayoría maya indígena ha sobrevivido a la conquista española y resistido a la asimilación durante 500 años”, expresa Pamela Yates, también directora creativa de Skylight.

Para entender más sobre la lucha y supervivencia de los maya, entrevistamos a Jorge Santiago Matías, historiador maya tujaal.

¿Cómo logró la población maya resistir a la invasión española? 

Los maya desarrollaron diversas formas de resistir, que van desde la lucha militar que se prolongó por varios años, o las alianzas político-militares de varios pueblos mayas para impedir el avance español. Otra de las formas fundamentales para mantener el poder y la presencia maya fue la recuperación demográfica, que trajo consigo la continuidad del modelo de organización social y política de los amaq’ (linajes antiguos). Los pueblos tenían un nombre maya complementado con otro cristiano y dentro de ellos se recreó el sistema sociopolítico y espiritual del mundo maya.

Un segundo momento de exterminio fueron los 36 años de guerra. ¿Cómo la población maya logró sobrevivir al genocidio?

Si bien fueron las victimas mayoritarias durante los 36 años de guerra, es importante señalar el protagonismo que tuvieron los pueblos mayas en los movimientos sociales para el avance de su reconocimiento y sus derechos, a través de la creación de organizaciones campesinas y culturales. En este contexto es que toma auge la mayanización, como un proceso de subjetivización del orgullo indígena en medio de una emergencia indígena latinoamericana. Otro aspecto importante que da fortaleza al mundo maya para sobrevivir a la violencia del Estado y los múltiples genocidios es su visión de mundo, su forma espiritual de relación con la naturaleza, la vida y la muerte. Esa forma de construir frontera y diferenciación frente a otros grupos sociales le ha servido de fortaleza para su persistencia como pueblo. Citando al intelectual maya kaqchikel Demetrio Cojti, la sangre de los indígenas asesinados durante la guerra interna es el precio que los indígenas han pagado por su actual florecimiento.

¿Cuáles son las consecuencias que tiene hasta el día de hoy el genocidio en Guatemala? 

La instalación del miedo como mecanismo de opresión hacia los pueblos mayas, el desarraigo para algunos pobladores y la condiciones de pobreza y extrema pobreza en que la guerra colocó a la población en general. A esto se suma un sistema de justicia cooptado por redes de impunidad, que impiden el avance del cumplimiento de la justicia para los casos de genocidio, crímenes de lesa humanidad y desaparición forzada.

¿Cómo las nuevas generaciones han hecho suya la lucha por visibilizar las matanzas y hacer justicia? 

El arte, sin duda, ha sido la herramienta que han utilizado las nuevas generaciones para visibilizar estos procesos. Por medio de la música, como el hip hop y el rock fusionados con instrumentos indígenas y cantados en idiomas mayas, las juventudes mayas han discursado sobre ese pasado doloroso, el resurgimiento de los pueblos y la lucha por la justicia. El muralismo con narrativas del genocidio y la lucha maya también ha ido apareciendo en los pueblos. La organizaciones campesinas y de mujeres mayas han ido reconstruyendo el tejido social en las comunidades y articulando la lucha por la justicia. Ellos son quienes han sentado a militares en los tribunales: lo hicieron las mujeres mayas qeq’chi del Sepur Zarco por las violaciones cometidas durante la guerra y la población maya ixil, que llevó el caso de genocidio contra Efraín Ríos Montt y José Mauricio Rodríguez Sánchez.

¿Qué significó para las miles de víctimas del genocidio el proceso del juicio y condena al expresidente Efraín Ríos Montt?

La dignificación de sus mártires y la consolidación de la lucha por la justicia. Fue para ellos una satisfacción que se conecta con su forma de ver a sus muertos, de lograr su descanso, la justicia y la exigencia que esto no vuelva a pasar. Lograron sentar un precedente de cómo reconfigurar y empujar el avance de lo que se conoce como justicia transicional.

La mayor parte de las víctimas del conflicto armado fueron indígenas. ¿Influye esto en la invisibilización de sus muertes y la tardanza de los procesos judiciales contra los victimarios?

El racismo como dispositivo de la opresión y las relaciones sociales en Guatemala hace que no se tomen con mayor reflexión social los casos de genocidio, considerando que sus afectados no pertenecen a la población urbana o mestiza. Pero a pesar de esa forma negacionista en que Guatemala se ha construido con respecto a la población maya, a esa invisibilización de las muertes y al daño y el dolor causado por la violencia estatal en todo su recorrido histórico, la población maya sigue luchando por su dignificación, reconocimiento y el ejercicio de sus derechos políticos, económicos y culturales.

¿Qué ves en común entre la resistencia de los maya en Guatemala y la lucha de otros pueblos indígenas latinoamericanos, como los mapuche en Chile?

Los pueblos indígenas de Latinoamérica estamos relacionados por realidades históricas similares, donde cada espacio de resistencia ha ido alimentado un entramado mayor de lucha. Lo que es común entre el pueblo maya y el pueblo mapuche es su lucha frente a las agresiones neoliberales que el capital transnacional trajo con el modelo extractivista, que es acompañado de despojo del territorio, rompimiento del tejido social, destrucción de la naturaleza y criminalización de la lucha social. En ese sentido, los pueblos han buscado estrategias para defender sus formas culturales de vinculación con la tierra. En los últimos años se ha desarrollado una serie de intercambios entre el pueblo maya y el pueblo mapuche, que van desde aspectos artísticos, políticos y académicos. Esos diálogos han nutrido las respectivas resistencias. El planteamiento de una lectura de la historia desde la perspectiva indígena, el uso de la lengua y la indumentaria, la recuperación y defensa del territorio son procesos comunes. Los pueblos indígenas en Bolivia y Ecuador, así como el levantamiento zapatista en México, por nombrar algunos, son procesos de circulación, circuitos y alianzas de resistencias.

La Saga de la Resistencia: 35 años, tres películas, una sola historia se exhibirá en el Auditorio del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, en el marco de la 12º Muestra Cine+Video Indígena. Del 24 al 26 de mayo a las 19 horas. Entrada liberada.

 

Entrevista: Oriana Miranda

Foto: Daniel Hernández-Salazar

“Arqueólogos de su propia vida”: Museo Precolombino participa de la Semana de la Educación Artística

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Más de doscientas niñas y niños de la Escuela Isabel González Cares de Conchalí recibieron la visita del área de Colecciones del Museo Chileno de Arte Precolombino. Las arqueólogas Pilar Alliende y Varinia Varela, junto a Luis Solar, restaurador y conservador, expusieron los detalles de sus disciplinas, además de mostrar distintas piezas de animales de culturas precolombinas y responder a las preguntas de los estudiantes sobre arqueología, historia y el quehacer del Museo.

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En el contexto de la Semana de la Educación Artística, los estudiantes de cuarto, quinto, sexto y séptimo básico realizaron sus propias vasijas diaguitas, máscaras mapuche, petroglifos y arte rupestre, exhibidas al fondo de un gran salón. En tanto, las niñas y niños de séptimo y quinto básico, guiados por su profesora de Historia, presentaron la actividad Arqueólogos de su propia vida, en la que buscaron objetos significativos dentro de su hogar que les permitieran contar la historia de su familia.

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Algunas de las máscaras y vasijas realizadas por los estudiantes de la Escuela Isabel González Cares.

“Queríamos hacer algo distinto, donde los niños participaran activamente. Así se me ocurrió la idea de hacer Arqueólogos de su propia vida. Los niños se involucraron mucho en la actividad y trabajaron en familia, fue muy bonito. Hubo mamás que mandaron a buscar objetos fuera de Santiago y papás que lloraron contándoles sus historias a los niños”, explica Sylvia Quinteros, profesora de Historia de la Escuela.

La arqueóloga Pilar Alliende, jefa del área de Colecciones del Museo Precolombino, destaca el interés de las niñas y niños por conocer y contar las historias de sus familias. “Buscando un objeto que fuera valioso para su familia, se volvían arqueólogos dentro de su propio hogar. Verlos así de interesados y orgullosos de su pasado, entusiasmados por contar su historia, para mí, fue una novedad”.

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Hace seis años que la Escuela Isabel González Cares participa activamente de la Semana de la Educación Artística, programando distintas actividades para sus estudiantes todos los días. Esta semana, además de la visita del Museo Chileno de Arte Precolombino, los niños y niñas participaron de un taller de break dance y recibieron a un ex alumno que les enseñó técnicas de interpretación de heavy metal.

“Somos un complemento de conocimientos, aptitudes y diferentes habilidades que tenemos que desarrollar, y el arte nos ayuda a conectarnos con nuestra espiritualidad. En la Escuela tenemos muchos niños con habilidades artísticas que sienten la necesidad de expresarse, por lo que hemos ido potenciando esa área y educando en el arte”, comenta Patricia Cubillos, directora de la Escuela Isabel González Cares.

Jenny Bucarey, sub directora de la Escuela Isabel Gonzáles Cares y Daniel Burgos, coordinador del departamento de Arte, junto a Pilar Alliende, Varinia Varela y Luis Solar del Museo Precolombino.

Jenny Bucarey, sub directora de la Escuela Isabel Gonzáles Cares y Daniel Burgos, coordinador del departamento de Arte, junto a Pilar Alliende, Varinia Varela y Luis Solar del Museo Precolombino.

Esta es la primera vez que el área de Colecciones del Museo Precolombino visita un colegio, actividad organizada por el área de Educación para acercar a las niñas y niños a las nociones de arte de los pueblos precolombinos de América y visibilizar el trabajo de los arqueólogos, conservadores y restauradores.

Texto y fotos: Oriana Miranda

En San Pedro de Atacama: Inédita exposición sensorial recrea la inmensidad del arte rupestre

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  • Taira, el amanecer del arte en Atacama trae la belleza y complejidad del arte rupestre de Taira a la Sala de Arte de Fundación Minera Escondida (Gustavo Le Paige 527), del 18 de mayo al 5 de julio.
  • La exposición cuenta con la participación de la Comunidad Indígena Atacameña Taira, actuales habitantes del lugar donde se ubica el sitio arqueológico investigado.

El Museo Chileno de Arte Precolombino y Minera Escondida /BHP presentan Taira, el amanecer del arte en Atacama, una exposición que traerá la belleza, complejidad y vitalidad del arte rupestre de Taira (Región de Antofagasta) a la Sala de Arte de Fundación Minera Escondida (Gustavo Le Paige 527), San Pedro de Atacama.

La muestra releva un sitio arqueológico cuyas representaciones rupestres datan de hace más de 2.500 años y tienen pocos parangones en la prehistoria del arte americano. Además, presenta los testimonios de miembros de la Comunidad Indígena Atacameña Taira en el Alto Loa, quienes comparten con los visitantes sus creencias, sus vidas y su comprensión del paisaje que habitan, en especial relacionadas con el extraordinario arte rupestre de Taira.

“Esta es una exposición muy novedosa que se basa en una larga investigación de nuestro curador, José Berenguer, y por lo tanto es una expresión de arte rupestre muy bien documentada. Museográficamente es aventurada, con la inclusión de nuevos medios y alta tecnología”, explica Carlos Aldunate, director del Museo Chileno de Arte Precolombino.

La muestra cuenta con la colaboración en testimonios y saberes ancestrales de la Comunidad Indígena Atacameña Taira, actuales habitantes del lugar donde se ubica el sitio arqueológico investigado. Dado que este estilo de arte rupestre se encuentra en todas las tierras altas de la Región de Antofagasta, es un arte emblemático de los pueblos atacameños.

Taira, el amanecer del arte en Atacama se enmarca dentro de la alianza de colaboración que sostienen hace más de una década Minera Escondida/ BHP y el Museo Chileno de Arte Precolombino, que ha llevado a producir proyectos culturales de gran relevancia para el país. Este aporte al patrimonio propio de los pueblos precolombinos, especialmente aquellos del actual territorio chileno, tiene por objetivo demostrar que el mundo precolombino no es algo del pasado, sino que permanece en nuestro acervo genético y cultural.

“Esta exposición permite reconstruir una parte de nuestra historia como país, es fruto de una alianza de largo plazo con el Museo Chileno de Arte Precolombino y que, esta vez, nos permitirá acercarnos mucho más a nuestros pueblos originarios mediante el conocimiento de sus grabados y pinturas. Nuestro deseo es que la comunidad sea parte de este viaje por la historia de las culturas originarias de nuestro país y que asista en familia, que disfrute y conozca los orígenes de Chile antes de Chile”, señaló Patricio Vilaplana, vicepresidente de Asuntos Corporativos de Minera Escondida.

“Taira es muy bello. Sin embargo, pensarlo solo como una joya estética o como un objeto de arte es limitarlo. En nuestra exposición, buscamos estimular el placer estético, pero también el goce de entender el mensaje que hay detrás de las imágenes”, afirma José Berenguer, arqueólogo, investigador de la exposición y curador jefe del Museo Chileno de Arte Precolombino.

Con ese objetivo, la museografía se desarrolla de manera innovadora, mediante dispositivos multimedia al servicio de la estimulación sensorial y los objetivos comunicacionales. “La diversidad del valle del Loa ha sido uno de los recursos visuales que activan la narrativa de la historia que contamos, en la cual lo audiovisual es un componente fuerte”, explica el arquitecto Rodrigo Tisi, quien junto a su equipo está encargado del diseño y montaje.

Coordenadas:

Exposición temporal: Taira, el amanecer del arte en Atacama

Lugar: Sala de Arte de Fundación Minera Escondida (Gustavo Le Paige 527), San Pedro de Atacama

Fecha: Del 18 de mayo al 5 de julio de 2018.

Horarios: De lunes a viernes de 09.00 a 13.00 horas y de 15.00 a 18.30 horas.

Entrada liberada

Pilar Alliende, jefa del área de Colecciones: “El trabajo más lindo del mundo está a 13 metros bajo tierra”

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Pilar Alliende pasó toda su adolescencia en Salta, al noroeste de Argentina. El constante contacto con los pueblos originarios de la zona y la fuerte influencia de sus padres y su abuelo la llevaron a estudiar arqueología en la única escuela que impartía la carrera en Chile a mediados de los setenta. Hoy es la jefa del área de Colecciones del Museo Precolombino, equipo que custodia y conserva diez mil piezas arqueológicas provenientes de más de cincuenta culturas de América.

¿Por qué decidiste estudiar arqueología? 

En realidad, yo quería estudiar antropología. Cuando era adolescente vivía en el norte de Argentina, en Salta, y estaba muy en contacto con sitios arqueológicos, con paisajes de desierto y con familias collas, que eran mis amigas. Tenía muchas ganas de estudiar algo que me permitiera estar más en contacto con ellos, conocerlos más y entender más su pensamiento, porque me daba cuenta de que era una cultura ancestral y finísima, con un trato muy delicado. Me emocionaba bastante su actitud frente a la vida, el pasado y cómo enfrentaban el presente. Tenía 14 años y un grupo de tres amigas y todas queríamos estudiar antropología. Ellas entraron a estudiar en Argentina y yo trasladé todos mis estudios hacia Chile y el año 76 entré a la única escuela de Antropología y Arqueología que había, en la Universidad de Chile. En la carrera tenías dos años comunes y ahí me di cuenta de que me gustaba más la arqueología, así que luego entré a esa especialidad. Además, yo fui muy influenciada por un abuelo médico con el que pasábamos las vacaciones de verano. Él nos enseñaba de botánica, de insectos, de piedras, tenía su propio museíto de cositas que recogía para enseñarles a los nietos. En mi familia somos muchos hermanos y hay biólogos, agrónomos y médicos. Él fue una gran influencia en nosotros y mis padres también, porque nos llevaban mucho al museo y a sitios arqueológicos, salíamos mucho de camping y nos fomentaban el contacto con gente que tenía otra visión de la vida y de las cosas.

¿Qué fue lo que te gustó más de la arqueología?

Me gustaban mucho los terrenos, la excavación, el paisaje. Empecé a ir al norte desde primer año de la universidad, con harto esfuerzo porque nosotros mismos nos teníamos que pagar los viajes. Nos sumábamos a los trabajos de los profesores que también tenían proyectos casi sin financiamiento, en ese tiempo no existía Fondecyt ni nada de eso. Además, era una época en la que era muy difícil hacer terreno, porque estaba todo muy intervenido. Casi toda la arqueología sucedía más hacia el norte y en esas situaciones era complicado. Entonces, si los profesores te aceptaban como voluntario, tú los acompañabas a sus terrenos. Desde primer año estuve yendo al norte, estuve en Chiu Chiu con un grupo del curso y después en el Museo de Azapa en Arica.

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Pilar Alliende en el Laboratorio de Conservación y Restauración. Foto: Julián Ortiz.

¿Cómo llegaste al Museo Precolombino?

Hice mi tesis el año 81, cuando el museo se estaba armando. Conocía todo el proyecto a través de Victoria Castro, mi profesora guía, porque Carlos Aldunate formaba parte de su grupo de investigaciones, pero tenía mi propia agenda de terminar mi tesis e irme a Canadá. Cuando volví de ese viaje, me acerqué y pregunté si habría alguna posibilidad de trabajar en el museo. Me dijeron que ya estaba armado el equipo, pero que podía colaborar como voluntaria. Empecé a venir al Laboratorio de Conservación y Restauración y pude asistir a todos los cursos que se hicieron al comienzo, que eran muy interesantes. Trabajaba también asistiendo el desarrollo de las exposiciones temporales, apoyando tanto a Pepe (Berenguer) como al museógrafo. Además, podía mostrar el museo en inglés cuando se necesitaba, creo que eso también fue un apoyo para Carlos. Me empecé a familiarizar con todas las áreas, pero estaba situada en el Laboratorio y de ahí ayudaba en lo que se necesitaba. De voluntaria estuve muy poquito, no más de dos meses, y después ya me empezaron a pagar honorarios.

Desde ahí, ¿cómo pasaste a ser la jefa del área de Colecciones?

Continué trabajando en este sistema mixto, ayudando a José (Berenguer) en las exposiciones y en las distintas actividades del Museo, y luego postulé a una beca del British Council y me fui a hacer un diplomado en Arqueología y Botánica al Instituto de Arqueología en Londres. Estuve un año estudiando y después ellos me conectaron con el Museo de Londres, donde llegué a hacer una pasantía. Allí tenían una gran experiencia en trabajos de terreno y grandes cantidades de material para trabajar y muestrear. Toda la gente tenía doctorados y estaba escribiendo papers, pero tenían un caos de materiales, un problema tremendo para encontrar lo que necesitaban. Entonces, más que irme a trabajar a terreno, decidí tenía que ordenar el laboratorio. Me dediqué a organizar, despejar y limpiar las muestras, para que ellos pudieran seguir con sus investigaciones, y me dijeron que me necesitaban. Entonces, ese voluntariado también duró muy poco. Me contrataron rápidamente e hicieron un cargo para mí, porque ellos tenían que hacer una cantidad de papers al año y necesitaban a alguien que les preparara las muestras y les pudiera hacer un escrito resumiendo las probabilidades de encontrar materiales en cada una de ellas. Eso terminó siendo un espacio de trabajo bien interesante, porque me permitía recorrer mucho la ciudad de Londres y también trabajar con voluntarios que me ayudaban a limpiar, sacar la tierra, sortear las semillas y procesar las muestras. Estuve trabajando en el departamento de Arqueología Ambiental durante tres años.

¿Y cómo fue cuando volviste?

Tenía 33 años y me había casado en Londres con un arquitecto chileno. A él lo invitaron a hacer clases en la Universidad Católica por un año y organizamos todo para venir a Chile. Yo conté en el Museo que venía, a ver si había algo en que podía ayudar. Cuando llegué, Carlos me dijo que quería que me hiciera cargo de las colecciones. Le expliqué que venía por un año, que era una locura y que me había especializado en otra cosa, pero me dijo que no sabía de otra persona que estuviera preparada para poder entender de colecciones, de conservación, de restauración. Esto era el año 89, todavía no había estos estudios formales. Le dije que yo feliz, pero que iba a ser por un año. “Ahí vemos”, me dijo. Han pasado casi 30 años desde ese momento. Me hice cargo de las colecciones justo cuando el museo estaba evaluando la posibilidad de digitalizar su colección. Junto con mi cargo, se iba a crear uno de alguien específico para encargarse del registro, que hasta ese momento se llevaba manualmente. El museo partió con mil piezas que se ingresaron y estaban fichadas, todo muy organizado, pero después el sistema de registro era bastante aleatorio, dependía de quién conocía más el material quién hacía la ficha. Teníamos que tener una persona a cargo de eso y se le pidió a Varinia (Varela) que formara parte del equipo. Junto a ella empezamos a armar el registro digital de la colección.

En el contexto del aniversario 36 del Museo, Pilar Alliende realiza una visita guiada al Laboratorio. Foto: Julián Ortiz.

En el contexto del aniversario 36 del Museo, en diciembre de 2017, Pilar Alliende realiza una visita guiada a los depósitos. Foto: Julián Ortiz.

¿Tu abuelo alcanzó a saber de tu trabajo en Londres y en el Museo Precolombino?

Sí. Mi abuelo murió en la década de los 90 y conoció el museo, vino alguna vez conmigo a ver las exposiciones. Tenía claro que sus nietas mayores siguieron bastante la línea que él nos inculcó desde chiquititas.

¿Cuáles han sido los proyectos o desafíos más emblemáticos que has tenido que liderar como jefa del área de Colecciones?

Los desafíos más grandes han sido enfrentar incendios, inundaciones, robos y terremotos, abordar el tema con tranquilidad y con una visión de tiempo, pensando en cómo solucionar la situación de la mejor manera, reducir el daño e implementar mecanismos para disminuir los riesgos. Cuando ocurrió el robo de un collar pudimos implementar un sistema en el que nos hicimos más responsables de la revisión: por ejemplo, la inspección visual diaria del museo es algo que implementó el equipo de Colecciones. Después de haber trabajado en Londres por tres años, haber conocido los departamentos y cómo se relacionaban entre ellos, pude ver las potencialidades que teníamos en nuestro museo por ser más pequeño, un museo en el que todos nos conocíamos y teníamos una relación bastante cercana y colaborativa. Había algo bien precioso, fomentado por el director. Cuidar eso era un desafío, porque era un valor y cuando lo ves de afuera lo valoras aún más. Otra de las cosas que logré valorar mucho al volver fue que, si yo echaba algo de menos, era la belleza de la colección, el contacto que uno tiene con las piezas cuando se da vueltas por las salas. Las piezas de esta colección tienen una conexión entre ellas, tienen un hilo conductor estético, hay algo muy fuerte que está presente. Hay algo en ellas que te cautiva. Hay piezas con las que uno crea ciertos afectos, uno siente que las piezas tienen alma y por eso mismo desde el comienzo fuimos desarrollando un sistema de almacenaje que fuera más apropiado para protegerlas.

¿Cuál es la pieza del museo que más te gusta?

La pieza a la que le tengo un apego grande es la máscara Tafí, porque es del noroeste argentino. Estéticamente, me produce mucha emoción su simpleza, los pocos gestos para lograr tanta expresión. La pieza que más me emociona es la embarazada Valdivia, pero por algo más personal: ver concentrado el dolor del parto en esa expresión de la cara, que te está hablando de una mujer a punto de parir. Esa es una experiencia que yo no he vivido y que me emociona, porque yo tengo hijos. Siempre pienso en eso frente a las madres biológicas de mis hijos, que tan generosamente se cuidaron nueve meses para dar estos hijos maravillosos que yo tengo. Esa pieza siempre me impresiona, incluso desde antes de ser madre.

A la izquierda, la máscara de piedra (Tafí). A la derecha, la mujer embarazada (Valdivia). Ambas piezas pertenecen a la exposición América Precolombina en el Arte del Museo Precolombino. Fotos: Oriana Miranda.

A la izquierda, la máscara de piedra (Tafí). A la derecha, la mujer embarazada (Valdivia). Ambas piezas pertenecen a la exposición América Precolombina en el Arte del Museo Precolombino. Fotos: Oriana Miranda.

¿Qué es lo que te hace más feliz de tu trabajo?

A mí me gusta mucho venir a mi trabajo. Me gusta el ambiente del museo y la gente que trabaja aquí. Todos se enamoran del espacio, de las piezas, de los temas que se trabajan acá, se produce algo súper especial y me encanta. Me gusta mucho el traslado desde mi hogar al museo, porque siento que soy súper privilegiada de venir a algo que me encanta y donde todos los temas que se trabajan en el día son entretenidos e interesantes. Cuando vengo en el metro siempre trato de imaginar lo que va a hacer cada uno y pienso que algunos deben hacer cosas bien entretenidas, pero en general, dudo que tan entretenidas como las mías (ríe). Me gusta toda la composición del trabajo que se desarrolla en el museo. Nuestro equipo trabaja con las colecciones, por lo tanto, con la riqueza, con el tesoro. Es un trabajo que requiere tiempo, reflexión, no tomar decisiones apuradas, hay que pensar y dar vueltas antes de intervenir o actuar cuando se trata de una pieza, conocer de su historia. Es un trabajo más en silencio, un poco más retirado. La situación que tenemos aquí abajo en el Laboratorio también me gusta mucho, porque estamos mucho más en contacto, comunicados visualmente, y tenemos la obligación de conectarnos con el público a través del ascensor. Estamos por debajo de una sala y nos conectamos con el público vía escaleras o ascensor. Eso también lo hace entretenido porque es otro mundo, otra visión, otro estilo, otra mirada, otras preguntas. El trabajo más lindo del mundo está a 13 metros bajo tierra.

¿Qué significa decir que el Museo Precolombino es el corazón de América?

Queremos presentar al museo como un conector de raíces, que es un poco lo que siempre hemos querido. Al hablar del corazón estamos apelando a los sentimientos, porque queremos que la gente haga suyo este museo. Un museo que se mueve como tal, que no es una cosa fija, que tiene vida y que tiene corazón, es un museo que siempre está dando opciones de cosas nuevas y distintas. Las personas deben sentir que el Precolombino es un museo del siempre hay que estar atento.

 ¿Qué esperas para el futuro del museo?

Me gustaría mucho que el museo se pudiera expandir por el barrio, que hubiese tiendas y librerías relacionadas, que se den películas de arte, que los cafés estén relacionados con los temas del museo, que los restoranes rápidos sean de comidas que tengan alguna conexión con nuestras raíces. Poder posicionar un barrio de arte, patrimonio y culturas americanas, salir del Portal y que el museo vaya llegando hasta la Plaza de Armas. Ese es mi sueño hacia el futuro, que el museo vaya consolidándose con todo su plan de exposiciones temporales y armando temas que vayan hablándole a los ciudadanos.

Entrevista: Oriana Miranda

Foto: Julián Ortiz